Andrea Olaya: “El derecho al voto tampoco es irreversible. Podemos perderlo.”
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Actualizado: hace 2 días
Pensar que los derechos de las mujeres son irreversibles es uno de los mayores errores políticos de nuestro tiempo.
Mientras en Estados Unidos ganan visibilidad quienes vuelven a plantear que las mujeres no deberíamos votar, los discursos antifeministas avanzan con el respaldo de sectores cada vez más organizados.
En esta entrevista, la activista feminista, politóloga y divulgadora Andrea Olaya analiza el auge de estos movimientos, los riesgos para la democracia y la necesidad de que las mujeres volvamos a organizarnos para defender unos derechos que nunca estuvieron garantizados.
Hablamos de clase sexual y de derechos fundamentales.
Quédate, aprovéchala y compártela.
Como sabes y nos preocupa, en los últimos meses ha ganado visibilidad en Estados Unidos un movimiento que plantea restringir o incluso eliminar el derecho al voto de las mujeres. ¿Quiénes impulsan estas ideas y hasta qué punto debemos considerarlas marginales o políticamente relevantes?
Las propuestas para restringir el voto femenino no provienen únicamente de
actores aislados de internet. Circulan en sectores de lo que las feministas conocemos como la machósfera, algunos y algunas influencers -como Erika Kirk y las mujeres de Turning point USA- de la derecha radical, comentaristas, pastores y líderes religiosos como Doug Wilson, Jared Longshore o Toby Sumpter 1 y grupos organizados que reivindican un orden social patriarcal.
Aunque hoy siguen siendo minoritarios, sería un error tratarlos como una simple excentricidad o minimizar su discurso como algo a lo que no hay que prestar muchísima atención. En ciencia política sabemos que muchas ideas inicialmente marginales pueden desplazarse hacia el centro del debate cuando encuentran líderes, financiación, plataformas digitales y la maquinaria completa de gobiernos de ultraderecha apoyándolas.
El sufragio femenino fue una conquista política, no una concesión natural; por eso puede convertirse nuevamente en objeto de disputa. Como lo dije un uno de mis videos, hay un principio de no retroceso en los derechos conquistados, pero no garantías de que estos se mantengan. Y yo soy una convencida de que la reflexión de Simone de Beauvoir es completamente cierta, no porque la haya dicho ella particularmente, sino porque históricamente así ha sido. Simone simplemente lo señaló.
En ciencia política sabemos que muchas ideas inicialmente marginales pueden desplazarse hacia el centro del debate cuando encuentran líderes, financiación, plataformas digitales y la maquinaria completa de gobiernos de ultraderecha apoyándolas.
¿Qué factores sociales, culturales o políticos han favorecido que encuentren difusión en determinados espacios, especialmente en redes sociales y algunos círculos conservadores?
Su difusión responde a una combinación de crisis económicas, polarización
—que yo como politóloga no veo como algo malo en sí—, reacción frente a los
avances de las mujeres y funcionamiento de las redes sociales. Los algoritmos premian los discursos extremos y la indignación.
Además, parte de estos discursos ofrecen una explicación sencilla a problemas complejos: en lugar de analizar desigualdades estructurales, responsabilizan al feminismo de cambios sociales como la transformación de la familia o del mercado laboral. Es una narrativa políticamente útil para quienes desean restaurar jerarquías tradicionales, como a todos los creadores de contenido de píldora roja.
Por otro lado, estamos ante una sociedad muy susceptible a la manipulación mediática, no solo a través de los medios de comunicación tradicionales, sino vía redes sociales, campañas políticas, el voz a voz y noticias falsas creadas con IA.
Parte de estos discursos ofrecen una explicación sencilla a problemas complejos: en lugar de analizar desigualdades estructurales, responsabilizan al feminismo de cambios sociales como la transformación de la familia o del mercado laboral.
Tras la revocación de Roe v. Wade, muchas analistas advirtieron de que podía abrirse una etapa de retroceso en derechos, sin embargo, la percepción popular en los países en los que se ha avanzado más en los últimos años es que hay “hembrismo”. ¿A qué factores sociales e históricos se debe esta surrealista percepción de la realidad?
La idea de que existe un "hembrismo"; —además de ridícula— es una reacción política y cultural frente al avance de los derechos de las mujeres. Los grupos históricamente privilegiados suelen interpretar la igualdad como una pérdida de poder.
La revocación de Roe v. Wade mostró precisamente que ningún derecho está garantizado para siempre. El aborto en Estados Unidos contó con protección Federal por casi 50 años. Y muchas personas dieron por sentado que eso era algo inmutable, pero los andamiajes jurídicos dependen de instituciones y gobiernos, que finalmente son personas, hombres.
A la inversa, la evidencia no muestra una discriminación estructural contra los hombres equivalente a la que históricamente hemos sufrido las mujeres; por lo que se puede concluir que lo que existe es una reacción organizada contra las políticas de igualdad.
La idea de que existe un "hembrismo"; —además de ridícula— es una reacción política y cultural frente al avance de los derechos de las mujeres. Los grupos históricamente privilegiados suelen interpretar la igualdad como una pérdida de poder.
Históricamente, los derechos de las mujeres nunca han sido lineales.
¿Qué enseñanzas podemos extraer del movimiento sufragista para comprender los riesgos actuales y evitar pensar que las conquistas son irreversibles?
El movimiento sufragista nos enseña, en primer lugar, que los derechos de las mujeres nunca han avanzado de manera automática, lineal ni inevitable. El derecho al voto, el acceso a la educación, la participación política y el reconocimiento de las mujeres como ciudadanas fueron conquistas alcanzadas después de décadas de organización, movilización, desobediencia, persecución y presión sobre las instituciones y sacrificio por parte de muchísimas mujeres. Nada de eso fue concedido espontáneamente por quienes concentraban el poder.
También nos enseñó que los retrocesos no siempre se presentan abiertamente como una eliminación de derechos. Muchas veces aparecen disfrazados de medidas “razonables”, “técnicas” o “temporales”. En lugar de prohibir directamente su participación, se crean barreras económicas, legales, culturales o institucionales que dificultan el ejercicio real de los derechos. Por eso no basta con que un derecho exista formalmente en una ley: también deben existir condiciones materiales, garantías institucionales y voluntad política para poder ejercerlo. Incluso diría que es necesaria una muy desgastante pero potente veeduría, una constante vigilancia por parte de las mujeres que queremos conservar nuestros derechos.
El derecho al voto, el acceso a la educación, la participación política y el reconocimiento de las mujeres como ciudadanas fueron conquistas alcanzadas después de décadas de organización, movilización, desobediencia, persecución y presión sobre las instituciones y sacrificio por parte de muchísimas mujeres.
Otra enseñanza importante es que la ciudadanía de las mujeres siempre ha estado en disputa. El sufragismo tuvo que enfrentar la idea de que las mujeres eran demasiado emocionales, dependientes o incapaces de tomar decisiones políticas. Aunque hoy esos argumentos no siempre se expresan de la misma manera, persisten discursos que intentan limitar nuestra autonomía, desacreditar nuestra participación pública o devolvernos exclusivamente al ámbito doméstico. Discursos que, además, de forma muy dolorosa, cuentan con el aval de mujeres que quieren eso para todas, menos para ellas, irónicamente.
Además, la historia del sufragismo permite comprender que ningún movimiento está exento de contradicciones. En distintos países, algunas corrientes sufragistas excluyeron inicialmente a las mujeres pobres, racializadas, indígenas o trabajadoras. Esto demuestra que la defensa de los derechos debe incluir una mirada crítica sobre las desigualdades existentes entre las propias mujeres, sin perder de vista que la opresión basada en el sexo tiene una dimensión estructural y compartida.
Persisten discursos que intentan limitar nuestra autonomía, desacreditar nuestra participación pública o devolvernos exclusivamente al ámbito doméstico.
Como feminista y politóloga, considero que la memoria histórica es una herramienta de defensa democrática. Recordar cuánto costó conquistar cada derecho ayuda a reconocer tempranamente los intentos de restringirlo y evita que confundamos la existencia de una norma con una garantía permanente.
Las conquistas pueden debilitarse cuando se desmontan instituciones, se reducen presupuestos, se penaliza la protesta, se normalizan discursos antifeministas o se excluye a las mujeres de los espacios de decisión política.
La principal enseñanza del sufragismo que los derechos sobreviven únicamente cuando existe una ciudadanía organizada, vigilante y dispuesta a defenderlos. Pensar que esass conquistas son irreversibles conduce a la desmovilización; comprender que pueden retroceder nos obliga a cuidarlas, vigilarlas, ejercerlas y ampliarlas.
La principal enseñanza del sufragismo que los derechos sobreviven únicamente cuando existe una ciudadanía organizada, vigilante y dispuesta a defenderlos.
Resulta llamativo que el feminismo, pese a haber transformado profundamente el debate social y cultural, apenas haya llegado a materializarse como un movimiento político con representación electoral propia, más allá de partidos que en la práctica son simbólicos. En cambio, otras corrientes ideológicas, como el comunismo, e incluso causas mucho más recientes como el animalismo, sí han logrado constituirse en partidos con presencia visible. ¿A qué crees que se debe esta diferencia?
Esta es una pregunta muy interesante y es un poco difícil de responder. Yo creo que el feminismo ha transformado profundamente la sociedad, pero no ha logrado convertirse en una fuerza electoral autónoma porque el sistema político ha sabido absorber parte de sus demandas sin ceder realmente poder.
Los partidos tradicionales incorporan discursos sobre igualdad, paridad o derechos de las mujeres, pero lo hacen de manera superficial. Incluyen algunas candidatas, crean secretarías de género y adoptan un lenguaje feminista, mientras conservan estructuras profundamente patriarcales. Así, neutralizan las demandas más incómodas y evitan que el feminismo se consolide como una alternativa política independiente y fuerte.
Además, ser mujer en política no necesariamente significa hacer política feminista. La representación descriptiva puede aumentar, pero muchas mujeres electas defienden agendas conservadoras o subordinan los derechos de las mujeres a los intereses de sus partidos y del capital. Tener más mujeres en las instituciones lastimosamente no garantiza que se confronte el patriarcado.
Los partidos tradicionales incorporan discursos sobre igualdad, paridad o derechos de las mujeres, pero lo hacen de manera superficial. Incluyen algunas candidatas, crean secretarías de género y adoptan un lenguaje feminista, mientras conservan estructuras profundamente patriarcales.
Desde una perspectiva radical, el problema es estructural. El patriarcado atraviesa todo el sistema político: la financiación de las campañas, la distribución del poder, el acceso a los medios, la violencia política y la división sexual del trabajo. Las mujeres contamos con menos recursos, menos tiempo y menos redes de influencia, mientras siguen asumiendo de forma desproporcionada los cuidados y el trabajo doméstico.
A esto se suma que el feminismo cuestiona no solo al Estado, sino también a la familia, la sexualidad, la maternidad y las relaciones privadas. Es decir, desafía privilegios masculinos muy arraigados. Por eso genera resistencias más intensas que otras causas capaces de concentrarse en demandas más delimitadas. En otras palabras, tenemos demasiado trabajo en demasiados ámbitos. El movimiento no da abasto.
Por otra parte, la falta de un partido feminista fuerte no significa que el feminismo carezca de poder. Ha conquistado leyes, transformado instituciones y cambiado el sentido común mediante la movilización social. Pero su debilidad electoral permite que sus demandas sean utilizadas durante las campañas y abandonadas después.
El reto no es crear un partido meramente simbólico, sino convertir la fuerza social del feminismo en poder político real: con autonomía, organización, financiación, formación y un programa capaz de transformar las condiciones materiales de vida de las mujeres. Sin poder propio, el feminismo seguirá dependiendo de partidos que lo invocan cuando les conviene y lo relegan cuando deja de ser rentable.
El feminismo ha transformado profundamente la sociedad, pero no ha logrado convertirse en una fuerza electoral autónoma porque el sistema político ha sabido absorber parte de sus demandas sin ceder realmente poder.
¿Consideras que esa falta de una representación política sólida
específicamente feminista ha dificultado la defensa de los intereses de las mujeres cuando estos han entrado en conflicto con otras prioridades partidistas y lobbies económicos?
Sin duda alguna.
La ausencia de una representación política feminista sólida ha dificultado que los intereses específicos de las mujeres se defiendan con firmeza cuando entran en conflicto con las prioridades de los partidos, las coaliciones electorales o los grandes intereses económicos.
Cuando las demandas feministas dependen de organizaciones cuya agenda principal es otra, suelen convertirse en asuntos negociables. Se respaldan mientras no generen costos políticos, no incomoden a sectores poderosos y no cuestionen de fondo la distribución de la riqueza, el trabajo y el poder.
Cuando entran en tensión con la disciplina partidista, la estabilidad de una coalición o los intereses de determinados lobbies, pasan rápidamente a un segundo plano.
Esto se evidencia en asuntos como la violencia machista, la precarización laboral de las mujeres, la feminización de la pobreza, la sobrecarga de cuidados, la explotación sexual y reproductiva o la falta de autonomía económica. Son problemas reconocidos en los discursos institucionales, pero las respuestas suelen ser nulas o lentas, fragmentarias y con presupuestos insuficientes, porque resolverlos exigiría afectar intereses concretos y transformar estructuras que benefician tanto al patriarcado como al capitalismo.
Además, incluso la representación feminista que logra acceder a las instituciones suele ser insuficiente y excesivamente moderada. Con frecuencia se trata de figuras vinculadas a corrientes del feminismo liberal que defiende la igualdad formal, el emprendimiento y la inclusión individual, pero evitan confrontar las bases capitalistas y patriarcales de la desigualdad. Se habla de empoderamiento, liderazgo y diversidad, pero mucho menos de redistribución, explotación, dependencia económica o poder masculino.
La ausencia de una representación política feminista sólida ha dificultado que los intereses específicos de las mujeres se defiendan con firmeza cuando entran en conflicto con las prioridades de los partidos, las coaliciones electorales o los grandes intereses económicos.
Esa “moderación”, esa tibieza, también se expresa en agendas que presentan la regulación de la prostitución como una ampliación de derechos, sin cuestionar suficientemente el sistema prostituyente, la demanda masculina ni las desigualdades económicas que condicionan la supuesta elección. Del mismo modo, algunos sectores priorizan ampliar el reconocimiento jurídico de hombres feminizados sin abordar con claridad los posibles conflictos con los derechos basados en el sexo, como las estadísticas, las cuotas, el deporte, los espacios diferenciados o las políticas específicas para mujeres.
El problema no es que existan otras causas, sino que los intereses materiales de las mujeres carezcan de centralidad o sean tratados como obstáculos frente a agendas consideradas más modernas, inclusivas o electoralmente rentables.
Cuando no existe una fuerza política feminista autónoma, estas tensiones suelen resolverse dentro de partidos que no tienen como prioridad la liberación de las mujeres.
Por eso, una representación política realmente feminista no puede limitarse a aumentar el número de mujeres en los cargos públicos. Debe tener autonomía, capacidad de presión y una agenda propia que defienda los derechos de las mujeres, incluso cuando hacerlo resulte incómodo, impopular o contrario a los intereses económicos y partidistas dominantes.
Cuando las demandas feministas dependen de organizaciones cuya agenda principal es otra, suelen convertirse en asuntos negociables.
¿Cómo crees que deberíamos abordar esta evidente y urgente
necesidad política?
La respuesta pasa por fortalecer la organización política autónoma de las mujeres. No basta con que nuestras demandas aparezcan de manera secundaria en los programas de los partidos ni con confiar en que otras fuerzas políticas las defenderán cuando entren en conflicto con sus propios intereses.
Las mujeres necesitamos construir capacidad de organización, presión e incidencia, tanto dentro como fuera de las instituciones. Para ello, la formación política es fundamental. Muchas mujeres han sido alejadas históricamente de los espacios de decisión y educadas para pensar la política como un asunto ajeno, lejano a ellas, técnico o reservado para los hombres. Por eso necesitamos comprender cómo funcionan el Estado, las instituciones, los partidos, las leyes, los presupuestos y las relaciones de poder.
Una ciudadanía sin formación política es más vulnerable a la manipulación, la desinformación y la pérdida de derechos.
Las mujeres necesitamos construir capacidad de organización, presión e incidencia, tanto dentro como fuera de las instituciones. Para ello, la formación política es fundamental.
Esta tarea es especialmente urgente entre las generaciones que vienen. Las mujeres jóvenes han crecido disfrutando de derechos que otras tuvieron que conquistar mediante décadas de lucha, precisamente por eso pueden llegar a percibirlos como algo natural, permanente o irreversible. Como ya lo mencioné, la memoria histórica y la formación feminista son necesarias para que comprendan que esos avances pueden retroceder y que ninguna conquista
se mantiene sin organización, vigilancia y movilización.
También necesitamos construir espacios propios desde los cuales elaborar una agenda feminista independiente. No se trata únicamente de conseguir más mujeres en cargos públicos, sino de lograr que quienes accedan al poder defiendan con claridad los intereses materiales de las mujeres y no terminen subordinadas a agendas partidistas, liberales, capitalistas o patriarcales. La representación solo es útil cuando está acompañada de autonomía política, formación y compromiso feminista radical.
No se trata únicamente de conseguir más mujeres en cargos públicos, sino de lograr que quienes accedan al poder defiendan con claridad los intereses materiales de las mujeres y no terminen subordinadas a agendas partidistas.
Esa es también una de las razones por las que desarrollé mi proyecto en redes sociales. Cada guion, cada análisis y cada contenido se construye desde el enfoque del feminismo radical, porque considero que la comunicación política también es una herramienta de formación y organización. No se trata únicamente de opinar sobre la actualidad, sino de ofrecer elementos para que más personas, especialmente mujeres comprendan las estructuras de poder que atraviesan su vida cotidiana.
Mi convicción es que las mujeres tenemos que tomar las riendas de la política. No podemos seguir siendo únicamente una base electoral a la que se convoca durante las campañas y se abandona después. Tenemos que participar, organizarnos, formarnos, exigir, vigilar y disputar directamente los espacios de poder.
Como dice la frase, todo es político: el trabajo, la maternidad, la sexualidad, los cuidados, la violencia, la economía y las relaciones entre hombres y mujeres. Por eso, renunciar a la política significa dejar que otros decidan sobre nuestras vidas. La transformación real llegará cuando las mujeres dejemos de ocupar un lugar secundario y asumamos la política como un terreno propio, indispensable para defender nuestros derechos y construir nuestro futuro.
Las mujeres jóvenes han crecido disfrutando de derechos que otras tuvieron que conquistar mediante décadas de lucha, precisamente por eso pueden llegar a percibirlos como algo natural, permanente o irreversible.
La excusa para quitarnos el voto sigue siendo la misma históricamente: que somos demasiado emocionales —los que rompen coches cuando pierde su equipo son los hombres, eso sí—. Sin embargo, ciertas corrientes que dicen alejarse de la derecha reaccionaria le dan crédito a teorías neurosexistas que tratan de vender que, efectivamente, somos más emocionales. ¿Realmente esas teorías están alejadas de intereses políticos?
No. Las teorías neurosexistas nunca son políticamente neutrales, especialmente cuando toman diferencias promedio, muchas veces pequeñas y con una enorme superposición entre hombres y mujeres, y las presentan como destinos biológicos. Una cosa es investigar si existen diferencias sexuales en determinados aspectos del cerebro; y otra muy distinta es concluir que las mujeres somos, por naturaleza, más emocionales, menos racionales, más maternales o más aptas para cuidar que para gobernar.
Históricamente, esa supuesta inferioridad racional ha servido para justificar nuestra exclusión de la educación, la ciencia, el trabajo remunerado, la propiedad y el sufragio. La excusa para apartarnos de la política era que las mujeres estaríamos dominadas por las emociones y no podríamos decidir con objetividad. Sin embargo, la ira masculina, las peleas, las guerras, la violencia política o los hombres que destruyen carros cuando pierde su equipo, como tu lo mencionas, rara vez se presentan como pruebas de que los hombres son emocionalmente incapaces de ejercer poder. Sus emociones iracundas se llaman carácter, pasión o autoridad; las nuestras siempre se utilizan para
deslegitimarnos.
Las teorías neurosexistas nunca son políticamente neutrales, especialmente cuando toman diferencias promedio, muchas veces pequeñas y con una enorme superposición entre hombres y mujeres, y las presentan como destinos biológicos.
La investigación cerebral no permite dividir a la humanidad de manera simple entre un “cerebro masculino racional” y un “cerebro femenino emocional”. Existen algunas diferencias promedio relacionadas con el sexo, pero también una gran variabilidad dentro de cada grupo y una amplia superposición entre ambos. Los cerebros individuales contienen combinaciones de características más frecuentes en hombres, más frecuentes en mujeres y comunes a ambos, en lugar de pertenecer a dos categorías completamente separadas.
Además, el cerebro es plástico: se modifica mediante la experiencia, el aprendizaje, la práctica, las condiciones materiales y el entorno social. Cuando desde la infancia se enseña a las niñas a reconocer emociones, atender las necesidades ajenas, cuidar hermanos, evitar riesgos y complacer, mientras se estimula en los niños la competencia, la autonomía o determinadas habilidades técnicas, no se puede observar posteriormente una diferencia y atribuirla automáticamente a una esencia biológica. Estudios recientes muestran, precisamente, que algunas diferencias atribuidas al sexo disminuyen al considerar factores de experiencia y hábitos adquiridos. Es hermoso.
Estas teorías se conectan directamente con los movimientos políticos que pretenden devolvernos exclusivamente a la función de parir, maternar y cuidar.
Primero se afirma que las mujeres somos “naturalmente” más empáticas, emocionales y cuidadoras. Después se concluye que la maternidad es nuestro destino, que el hogar es nuestro lugar natural y que el cuidado de niños, enfermos y ancianos nos corresponde por disposición biológica. De ese modo, una distribución desigual del trabajo se presenta como complementariedad entre los sexos y no como una estructura política que beneficia a los hombres y sostiene gratuitamente buena parte de la economía.
Estas teorías se conectan directamente con los movimientos políticos que pretenden devolvernos exclusivamente a la función de parir, maternar y cuidar.
El neurosexismo convierte la subordinación en naturaleza. Si cuidar es una capacidad femenina innata, entonces deja de verse como trabajo y desaparece la obligación de remunerarlo, redistribuirlo o garantizarlo mediante servicios públicos. Si las mujeres nacimos para maternar, cuestionar la maternidad
obligatoria se presenta como una desviación. Y si somos esencialmente emocionales, nuestra menor presencia en el poder parece una consecuencia natural y no el resultado de siglos de exclusión.
Por eso estas teorías son funcionales tanto al patriarcado como al capitalismo. El patriarcado obtiene mujeres disponibles para atender las necesidades masculinas y familiares; el sistema económico obtiene millones de horas de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. No es casual que los discursos que exaltan una supuesta “naturaleza femenina”, los mismos que nos quieren quitar el voto, hablen constantemente de la belleza de cuidar y sacrificarse, pero muy poco de quién se beneficia materialmente de ese sacrificio.
Estas teorías son funcionales tanto al patriarcado como al capitalismo. El patriarcado obtiene mujeres disponibles para atender las necesidades masculinas y familiares; el sistema económico obtiene millones de horas de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.
El problema no consiste en negar toda diferencia sexual ni en afirmar que la biología carece de relevancia, cualquier feminista radical sabe que el sexo importa. Consiste en impedir que hallazgos parciales, promedios estadísticos o hipótesis científicas se conviertan en mandatos sociales. Una diferencia promedio no determina las capacidades de cada individuo, no explica por sí sola su origen y, sobre todo, no establece cómo debe organizarse una sociedad.
Cuando alguien afirma que las mujeres somos naturalmente más emocionales, maternales o cuidadoras, debemos preguntar quién gana con esa afirmación. Porque detrás de esa aparente descripción científica suele aparecer una prescripción política: que los hombres gobiernen, produzcan y decidan, mientras las mujeres parimos, cuidamos y sostenemos silenciosamente la vida de los demás. El neurosexismo no se limita a describir cerebros; con frecuencia intenta convertir una jerarquía histórica en un destino biológico. Y eso no lo podemos permitir más.
Cuando alguien afirma que las mujeres somos naturalmente más emocionales, maternales o cuidadoras, debemos preguntar quién gana con esa afirmación.
¿Qué papel crees que deberían desempeñar los medios de comunicación, la academia y la sociedad civil frente a movimientos que cuestionan derechos fundamentales de las mujeres? ¿Ignorarlos contribuye a debilitarlos o, por el contrario, facilita que crezcan sin apenas contestación?
Los medios de comunicación, la academia y la sociedad civil tienen una responsabilidad fundamental frente a los movimientos que cuestionan los derechos de las mujeres. Ignorarlos no necesariamente los debilita; en muchos casos, les permite crecer, organizarse y difundir sus mensajes sin una contradicción suficientemente sólida. Pero responder tampoco significa amplificar de manera irresponsable cada provocación. La clave está en contextualizar, verificar y explicar qué intereses, consecuencias y proyectos políticos existen detrás de esos discursos.
Los medios no deberían presentar como simples “opiniones enfrentadas” debates en los que se están cuestionando derechos fundamentales. Dar el mismo peso a la evidencia y a la desinformación crea una falsa equivalencia. Su función debe ser investigar, confrontar datos y señalar cuándo una propuesta supone un retroceso, en lugar de convertir los derechos de las mujeres en un espectáculo destinado a generar audiencia. Suena idealista, pero es que no tenemos de dónde más agarrarnos.
Los medios no deberían presentar como simples “opiniones enfrentadas” debates en los que se están cuestionando derechos fundamentales. Dar el mismo peso a la evidencia y a la desinformación crea una falsa equivalencia.
En cuanto a la academia, pienso que debe abandonar cierta tendencia a producir conocimiento únicamente para círculos especializados. Necesitamos investigación rigurosa, pero también accesible –en cuanto a lenguaje y medios capaz de llegar a las mujeres que no leen revistas académicas ni participan en espacios universitarios. De poco sirve tener argumentos sólidos si estos no logran disputar el sentido común.
La sociedad civil también debe organizarse. No basta con reaccionar individualmente cada vez que aparece una amenaza. Se necesitan redes de mujeres, organizaciones con capacidad de incidencia, espacios de formación y estrategias de comunicación sostenidas. La defensa de los derechos no puede depender únicamente de respuestas espontáneas cuando el retroceso ya está en marcha. Lastimosamente en eso, los anti-derechos y anti-mujeres nos llevan muchísima ventaja. Son organizados, estratégicos y eficaces. Y en esa disputa las redes sociales son centrales.
La sociedad civil también debe organizarse. No basta con reaccionar individualmente cada vez que aparece una amenaza. Se necesitan redes de mujeres, organizaciones con capacidad de incidencia, espacios de formación y estrategias de comunicación sostenidas.
Necesitamos muchas más mujeres creando contenido feminista, político y de resistencia como el tuyo, Judith. Los sectores reaccionarios han comprendido perfectamente que las redes no son un espacio superficial: son lugares donde se construyen identidades, se normalizan ideas y se captan nuevas generaciones.
Mientras ellos producen contenidos de manera constante, simplifican sus mensajes y crean comunidades, el feminismo muchas veces llega tarde, responde de forma fragmentada o deja el terreno libre.
Nos están ganando espacio en numerosos ámbitos, incluidas las redes sociales. Se normalizan discursos que ridiculizan al feminismo, niegan la violencia machista, idealizan la subordinación de las mujeres —basta con ver a las “trad wives”— o presentan los derechos conquistados como privilegios injustificados.
Cuando esas ideas no encuentran una respuesta clara y pedagógica, terminan pareciendo razonables, especialmente para quienes no cuentan con formación histórica o política.
Mientras ellos producen contenidos de manera constante, simplifican sus mensajes y crean comunidades, el feminismo muchas veces llega tarde, responde de forma fragmentada o deja el terreno libre.
Por eso necesitamos una comunicación feminista que no se limite a defenderse, sino que también marque agenda. Contenido que explique, incomode, forme y ofrezca herramientas para reconocer los retrocesos antes de que se conviertan en políticas públicas. Las redes deben entenderse como un espacio de organización y educación política, no únicamente como un lugar para reaccionar a la actualidad.
Ignorar a estos movimientos puede facilitar su crecimiento, pero responder mal también puede fortalecerlos. La tarea consiste en enfrentarlos con rigor, estrategia y organización, sin caer en el sensacionalismo ni permitir que ellos determinen permanentemente los términos del debate. Defender los derechos de las mujeres exige disputar las instituciones, la academia, los medios y también el territorio digital.
Necesitamos una comunicación feminista que no se limite a defenderse, sino que también marque agenda. Contenido que explique, incomode, forme y ofrezca herramientas para reconocer los retrocesos antes de que se conviertan en políticas públicas.
¿Cómo de importante crees que es en estos tiempos tomar conciencia de que las mujeres somos clase sexual en un sistema jerárquico machista del que, a todas luces, no nos hemos librado?
Es fundamental. Desde el feminismo radical, comprender que las mujeres constituimos una clase sexual no es una cuestión meramente teórica, sino la condición necesaria para entender cómo opera la desigualdad entre hombres y mujeres. Hablar de clase sexual significa reconocer que existe una jerarquía política y social basada en el sexo, en la que el hecho de nacer mujer implica una posición estructural de subordinación frente a quienes nacen hombres.
Uno de los mayores éxitos del patriarcado contemporáneo ha sido convencernos de que la igualdad jurídica equivale a igualdad real. Que las mujeres podamos votar, estudiar, trabajar o acceder a cargos públicos ha llevado a muchas personas a pensar que el feminismo ya cumplió su función, pero quienes estudiamos el feminismo radical sabemos que eso no es cierto. Basta observar las cifras de violencia sexual, violencia de pareja, feminicidios, explotación reproductiva, brecha en el trabajo de cuidados o representación política para comprobar que la subordinación no ha desaparecido: simplemente ha adoptado formas más sofisticadas.
Uno de los mayores éxitos del patriarcado contemporáneo ha sido convencernos de que la igualdad jurídica equivale a igualdad real.
El poder no siempre necesita prohibir; muchas veces le basta con naturalizar determinadas relaciones sociales para que parezcan inevitables.
Tomar conciencia de que somos una clase sexual permite dejar de interpretar estas realidades como hechos aislados o decisiones individuales. Cuando una mujer sufre acoso sexual, cuando otra abandona su carrera profesional para asumir la mayor parte de los cuidados o cuando la violencia contra las mujeres se reproduce generación tras generación, no estamos ante una suma de casos independientes. Estamos ante manifestaciones distintas de una misma estructura política y cultural que sigue organizando las relaciones entre los sexos de forma jerárquica.
Desde la ciencia política, esto también implica comprender que el patriarcado no es un sistema de poder, una superestructura que atraviesa las instituciones, el mercado, la cultura, el derecho y las relaciones familiares. Como cualquier otro sistema de dominación, produce incentivos, distribuye recursos y establece mecanismos para reproducirse.
Tomar conciencia de que somos una clase sexual permite dejar de interpretar estas realidades como hechos aislados o decisiones individuales. Cuando una mujer sufre acoso sexual, cuando otra abandona su carrera profesional para asumir la mayor parte de los cuidados o cuando la violencia contra las mujeres se reproduce generación tras generación, no estamos ante una suma de casos independientes.
La desigualdad persiste porque está sostenida por estructuras sociales e institucionales que continúan asignando a las mujeres posiciones de menor poder material y simbólico.
Además, perder de vista esa dimensión estructural tiene consecuencias políticas importantes. Si dejamos de vernos como una clase sexual y si a la vez permitimos que nos hagan creer que un hombre que feminiza su apariencia es una mujer, resulta mucho más difícil identificar intereses comunes y articular respuestas colectivas de las mujeres. El análisis se fragmenta en experiencias individuales y el conflicto político desaparece del debate público, como si la desigualdad fuese únicamente el resultado de elecciones personales y no de relaciones históricas de poder.
Por eso, hoy más que nunca, es necesario recuperar esa conciencia política. Para comprender que la igualdad no consiste únicamente en eliminar las barreras legales, sino en transformar las estructuras que siguen produciendo subordinación. La historia demuestra que ningún derecho conquistado permanece garantizado por sí solo. Cuando una sociedad deja de reconocer las relaciones de poder que la atraviesan, esas relaciones no desaparecen: simplemente dejan de ser visibles. Y precisamente esa invisibilización es uno de los mayores triunfos de cualquier sistema de dominación.
Hoy más que nunca, es necesario recuperar esa conciencia política. Para comprender que la igualdad no consiste únicamente en eliminar las barreras legales, sino en transformar las estructuras.
Si tuvieras que señalar cuál es hoy el mayor reto
político del feminismo en las democracias occidentales, ¿cuál sería? ¿Y qué estrategias consideras imprescindibles para garantizar que derechos como el voto, la representación política o la igualdad jurídica nunca vuelvan a ponerse en cuestión?
El mayor reto político del feminismo en las democracias occidentales es impedir que los retrocesos en los derechos de las mujeres se normalicen en nombre de la seguridad, la tradición, la familia o una supuesta defensa del orden social. Los derechos rara vez se eliminan de un día para otro; suelen debilitarse gradualmente mediante reformas legales, recortes presupuestarios, barreras administrativas y discursos que presentan la igualdad como una amenaza o un exceso como ya lo mencioné.
También debemos enfrentar el avance de movimientos que pretenden devolver a las mujeres al espacio doméstico y reducir nuestro papel social a parir, maternar y cuidar. Estos proyectos no siempre se presentan abiertamente como contrarios a los derechos femeninos. Con frecuencia utilizan un lenguaje de protección, complementariedad o recuperación de los valores familiares para justificar la dependencia económica, limitar la autonomía reproductiva y cuestionar nuestra presencia en los espacios de poder.
El mayor reto político del feminismo en las democracias occidentales es impedir que los retrocesos en los derechos de las mujeres se normalicen.
Para garantizar que derechos como el voto, la representación política o la igualdad jurídica nunca vuelvan a ponerse en cuestión, se necesitan instituciones democráticas fuertes, independencia judicial, políticas públicas con presupuesto suficiente y una ciudadanía organizada. También es imprescindible fortalecer la formación política feminista, en el feminismo real y sensato, especialmente entre las nuevas generaciones, para que comprendan cómo se conquistaron esos derechos y sepan reconocer los discursos que preparan el terreno para restringirlos.
La historia demuestra que ningún derecho se conserva por inercia. Cada generación debe conocerlo, ejercerlo y defenderlo nuevamente. Es desgastante, pero es la realidad a la que nos enfrentamos hoy. El verdadero riesgo comienza cuando creemos que las conquistas son definitivas, dejamos de organizarnos y permitimos que otros decidan hasta dónde pueden llegar nuestros derechos.
El verdadero riesgo comienza cuando creemos que las conquistas son definitivas, dejamos de organizarnos y permitimos que otros decidan hasta dónde pueden llegar nuestros derechos.

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