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Eva González-Almuiña: «La violencia contra las mujeres actúa como correctivo para mantener el orden establecido.»

En un contexto que favorece la desconexión moral, la violencia contra las mujeres no es un exceso: es un pilar estructural. Sostiene un orden basado en el sometimiento, la intimidación y la violación sistemática de los derechos humanos, donde no solo manda el más fuerte, sino que se castiga activamente a quien se atreve a desobedecer.


En esta entrevista, Eva González-Almuiña, investigadora en psicología social y autora del artículo "El papel mediador de los mecanismos de desconexión moral sobre el sexismo y las actitudes violentas contra la pareja íntima", analiza cómo el sexismo —hostil y también el que se disfraza de protección— configura un código moral que activa la desconexión necesaria para legitimar la violencia de género en las relaciones jóvenes. Una conversación imprescindible para comprender cómo se fabrica la violencia antes de que se ejerza y por qué desmontar ese código es una tarea urgente.



¿Qué te motivó a desarrollar el estudio? ¿Qué te llevó personalmente a investigar la relación entre sexismo, desconexión moral y actitudes violentas en la juventud?


La motivación nace de la búsqueda de respuestas, tanto explicativas como interventivas. La violencia contra las mujeres actúa como correctivo para mantener el orden establecido. Una de las primeras cuestiones fue, ¿cómo se construye este orden ideológicamente? Antes de la mano va la cabeza. Toda acción tiene detrás un pensamiento que se apoya en determinados criterios. Gracias a las investigaciones, está ampliamente documentado el constructo del sexismo como una de las variables explicativas y predictivas.


Ahora bien, ¿cómo se garantiza ese orden? Tener distorsiones cognitivas sexistas no te hace agresor. Para que esto suceda, es necesario construir paralelamente un discurso social en donde la violencia y control o bien se legitimen o bien se camuflen.


Sin embargo, esta narrativa colisiona directamente con los ideales de paz, libertad y una vida libre de violencia. Por tanto, ¿qué mecanismos actúan entre medias para sortear internamente estos ideales y ejercer violencia? ¿Será que el código moral aprendido es el que propicia la violencia contra las mujeres? Este fue el punto de partida.


En tu estudio explicas que la desconexión moral permite que una persona “eluda la autocensura” al justificar conductas dañinas. ¿Cómo le explicarías este proceso a quien nunca ha oído el concepto? ¿Qué te sorprendió más al estudiarlo en jóvenes?


Las actitudes y comportamientos de las personas se basan en lo que creen que es correcto y lo que no (construido socialmente). Tendemos a comportarnos “bien” porque eso nos produce satisfacción y nos abstenemos de transgredir las normas morales para evitar emociones desagradables. Sin embargo, podemos cometer actos inhumanos inhibiendo este sentimiento. Para ello, nuestra mente utiliza una serie de mecanismos que pueden reconstruir el significado del acto, operando sobre la conducta, las consecuencias o la víctima:


Se puede disfrazar un acto con apariencia respetable: la percepción de pegar un puñetazo se modifica en función del objetivo que la acompañe (dar un puñetazo como respuesta a un insulto); se puede crear un espejismo lingüístico: no es lo mismo pegar un puñetazo que dar una lección; se pueden confrontar hechos para influir sobre la percepción: dar un puñetazo no es tan grave si se compara con dar 4. Pueden operar también sobre los resultados del acto: si no veo el daño del puñetazo, puedo minimizar el impacto; si ignoro las consecuencias, ¿por qué sentirme culpable? Uno de los más potentes es la deshumanización: no percibir a las personas como seres iguales que sienten y padecen facilita la inhibición de la autocondena porque anula la empatía. Otro de los más utilizados es la atribución de la culpa a la víctima: el puñetazo es respuesta a tu comportamiento, por tanto la culpa no es mía. Por último, existen mecanismos que evitan reconocerse como responsable del acto: dar un puñetazo obligado por alguien o golpear de forma conjunta.


Lo sorprendente al estudiarlo en la juventud fue encontrar que forman tanto parte de ellos como de las personas adultas.


Tener distorsiones cognitivas sexistas no te hace agresor. Para que esto suceda, es necesario construir paralelamente un discurso social en donde la violencia y control o bien se legitimen o bien se camuflen.


¿Puedes explicar de manera accesible cuál es la justificación moral que opera detrás de la dominación sexista? ¿Por qué crees que este mecanismo en concreto es tan predominante entre la juventud?


El sexismo, por una parte, y la aceptación de la violencia, por otra, están constatadas como variables de riesgo, pero esta relación no implica causalidad. La desconexión moral ayuda a comprender la asociación. En concreto, detrás del mecanismo de justificación moral existe la creencia de que lo que se está haciendo es por un bien mayor y, por tanto, sería un mal necesario. No puedo saber cuál es el diálogo que hay detrás de cada mecanismo, pues no se ha investigado, pero sí se puede resaltar que, cuantos más niveles de sexismo había, más desconexión moral presentaban; asimismo, cuantos más niveles de desconexión moral, más tolerancia hacia las actitudes violentas.


El estudio encuentra que tanto el sexismo hostil como el benévolo actúan a través de la desconexión moral para aumentar la tolerancia a la violencia ¿Cómo explicarías este fenómeno a quien aún cree que el “sexismo benevolente” es inofensivo?


El peligro del sexismo benévolo radica en que se presenta como una actitud amable, enmascarando la jerarquía sexual de siempre, de ahí que sea más difícil de detectar. La idea de protección sitúa a los hombres como proveedores y fomenta la idea de vulnerabilidad en las mujeres; la idea de la complementariedad perpetúa los estereotipos sexuales; y la idea de búsqueda de cercanía heterosexual valora los rasgos de la feminidad convenientes y refuerza los roles tradicionales. Al final, comparten piedra angular, en consecuencia, comparten riesgos y mecanismos.


En varias tablas se observa que los hombres tienen más altos niveles de sexismo hostil y las mujeres de sexismo benevolente. ¿Cómo interpretas estas diferencias?


¿Por qué las jóvenes tienden a presentar más niveles de sexismo benévolo? Quizás todo el arsenal propagandístico, como Disney, las películas o la literatura romántica, hacen muy bien su trabajo (esta es parte de su socialización emocional). Es posible que también exista una confusión entre esa amabilidad y la motivación de la misma. A las mujeres nos educan en la ética de los cuidados; a los hombres no. Por tanto, los gestos que podrían acercarse a esa atención y reciprocidad por parte de ellos, no nacerían de un sentimiento genuino (en el caso de la benevolencia), sino de un sentimiento de superioridad.


Por otro lado, que los chicos tiendan a mostrar menos niveles de benevolencia no tiene porque ser positivo. Lo que hay detrás del rechazo no es una conciencia del problema, sino muy posiblemente una defensa ante lo que consideran un ataque, de ahí la mayor hostilidad.


Interesante destacar que las respuestas de los chicos tienden a ser más homogéneas que las respuestas de las chicas, es decir, ellos presentan un pensamiento común y entre ellas existe más pluralidad.


El peligro del sexismo benévolo radica en que se presenta como una actitud amable, enmascarando la jerarquía sexual de siempre, de ahí que sea más difícil de detectar.

El artículo muestra que la violencia verbal es más aceptada que la física en jóvenes de ambos sexos. ¿Qué factores culturales y educativos crees que contribuyen a esta normalización de la violencia psicológica?


Lo que no se ve es como si no existiera. Un puñetazo deja una marca fácilmente visible, un insulto no. La huella psicológica no se percibe a simple vista. A pesar de que el impacto a largo plazo tiende a ser mayor, la violencia psicológica sigue siendo más sencilla de velar y más aún cuando estamos ante una gran falta de educación emocional. Existe un profundo desconocimiento sobre las consecuencias devastadoras y sobre cómo interfiere el sistema emocional en la regulación conductual.


La sobreexposición a modelos violentos es otro de los factores. Convivir con este tipo de expresiones ayuda a incorporarlas al repertorio conductual. Esto aplica tanto a nivel familiar como social. Programas y realities (dirigidos a gente joven) en donde se muestran constantemente comportamientos que blanquean y justifican este tipo de violencia, es el caldo de cultivo perfecto para que las asimilen y normalicen.


En tus conclusiones mencionas que trabajar el pensamiento crítico puede reducir la desconexión moral. ¿Sobre qué pilares diseñarías una intervención educativa para colegios e institutos?


Entendiendo que la finalidad es prevenir la violencia machista dentro de las relaciones de pareja, hay que desarticular el marco interpretativo y potenciar estrategias emocionales. No se trata de dar sesiones expositivas, sino reflexivas y desde su realidad. No puedo acercarme a los chicos y chicas desde mi marco de referencia. Tengo que utilizarlo para bajar al suyo y, desde ahí, construir uno común. Los juicios de valor se quedan fuera del aula.


Las personas jóvenes tratan de crear relaciones de pareja con las escasas herramientas que les han dado. Es importante fomentar la capacidad crítica, y más ahora, dónde todo el mundo parece tener una opinión válida y cualquiera es experto en todo. Continuamente proliferan discursos convenientemente tergiversados en RRSS, donde se utiliza el estoicismo, por ejemplo, para seguir perpetuando los roles sexistas y la identidad complementaria. Por tanto, es imprescindible que aprendan a discernir y cuestionar lo que les han dicho que es propio de hombres y propio de mujeres, identificar sesgos, evaluar argumentos y, sobre todo, detectar los diferentes tipos de violencia. En este punto, es beneficioso explicar los mecanismos cognitivos que permiten cometer actos inhumanos. Las distorsiones sexistas provocan la desconexión, sorteando el daño emocional y tolerando las actitudes violentas, por tanto, es difícil reconocerse responsable de un acto dañino si este no se percibe como tal.


Lo abstracto tiene que reflejarse en la realidad. Para esto, el desarrollo del pensamiento analítico es la clave. Los datos sin contexto son como un elefante en una cacharrería, mucho ruido y poca funcionalidad. Es importante contextualizarlos para que puedan comprender el trasfondo del problema.


Es necesario poner en valor la inteligencia emocional, trabajándola desde la dimensión individual y relacional, así como la gestión de los conflictos, ambos pilares con aprendizajes diferenciadas en función del sexo. Es esencial no confundir la asimilación de conductas estereotípicamente masculinas en chicas con un proceso de empoderamiento.


Las personas jóvenes tratan de crear relaciones de pareja con las escasas herramientas que les han dado. Es importante fomentar la capacidad crítica, y más ahora, dónde todo el mundo parece tener una opinión válida y cualquiera es experto en todo.

El artículo muestra cómo los mecanismos cognitivos pueden legitimar y normalizar la violencia. Desde tu perspectiva, ¿cómo dialoga esto con el auge actual de discursos antifeministas y negacionistas entre los jóvenes?


Precisamente, es la propia sociedad la que, en cierto modo, activa la desconexión y ellos la están poniendo en práctica. La tendencia a justificar la violencia contra las mujeres eludiendo las raíces del problema, la inclinación a echarle parte de culpa a ellas (preguntar “¿por qué no lo dejaste?” en lugar de preguntar “¿por qué la agrediste?”, la querencia a utilizar un lenguaje eufemístico o romantizado (no hace mucho, el alcalde que alababa el amor del agresor hacia su mujer y, hace años, los crímenes de pasión), la predisposición para buscar la comparación con otros tipos de violencia y así rebajar la gravedad, la constante deshumanización, la minimización del daño… al final, crecemos en una sociedad de por sí desconectada.


Sabes bien lo mucho que nos preocupa el auge de la machosfera. Sin embargo, el refuerzo de la violencia a través de la fratría es un fenómeno que arrastramos desde hace siglos, no es nuevo en absoluto. ¿Qué dimensiones le da la machosfera a la fatría? ¿Es potenciador o simplemente funciona como eco de manifestaciones que antes estaban ocultas?


Efectivamente, lo nuevo es el medio, pero el contenido siempre ha estado. A través de ese espacio se fortalece la dimensión identitaria, pues comparten el pensar (sexismo), el sentir (odio) y el hacer (experiencias), formando y reforzando una dimensión moralista: todos ellos buscan controlar de nuevo el discurso y, con él, a las mujeres, conforme a lo que creen que debería ser. Y creo que, al final, una de las dimensiones más potentes que aporta es la de realidad. Se conectan mental, física y emocionalmente, lo que hace que su cosmovisión se vuelva tangible y pueden dar salida a la misoginia. A través de estos espacios no solo se manifiesta, sino que se potencia y se perpetúa a través del refuerzo y la validación constante entre iguales.


Los menores tienen el primer contacto con la explotación sexual filmada a los 8 años. Ellos no lo buscan, simplemente los encuentran. Lo mismo está ocurriendo con estos espacios, pudiendo ser la iniciación del odio consciente.


Preguntando desde lo personal, recuerdo mi época de colegio e instituto como un hastío diario por el machismo imperante (hablamos de los 90). Me sentía acorralada cada día, como ser humano. Me pegaba hostias cada día con un mundo diseñado para hombres: los referentes que estudiábamos eran todos masculinos, a las profesoras se las insultaba de manera machista (y “a las más atractivas” se las cosificar brutalmente), a las chicas nos silbaban por los pasillos como a perros, consumir alcohol en una fiesta acababa en abuso sexual (y se consideraba natural y “merecido” por haber bebido). Cada muestra de violencia estaba completamente estandarizada, normalizada y reforzada por el sistema (de hecho, sufría bullying, entre tantas cosas, por señalar estas violencias que ahora sí se ven claras). ¿Crees que las adolescentes del futuro volverán a ese escenario? ¿Cómo nos ves en 15 años? ¿Qué crees que les espera a las que nacerán estas Navidades?


Cada una de nosotras podría aportar una escena y se grabaría la mayor película de terror. La cuestión está en entender que no es ficción, ni algo anecdótico. Son experiencias individuales que forman parte de una historia colectiva, y creo que los capítulos se siguen sucediendo con las adolescentes como protagonistas, con el extra de la realidad virtual, en donde interactúan diferentes tipos de violencia y se valida todo tipo de contenido. Me encantaría tener una visión positiva o, al menos, esperanzadora, pero como no se tomen medidas preventivas y de intervención reales, como la limitación de acceso a RRSS a menores y la implantación de programas afectivo- sexuales especializados, seguirán fabricando mujeres rotas, pues los trozos son más fáciles de controlar y más difíciles de reconstruir.


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Violencia contra las mujeres

 
 
 

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