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"Las Criadas, Neskameak" de la ficción a denunciar la explotación reproductiva

  • hace 1 día
  • 19 min de lectura

Los derechos básicos de las mujeres llevan en la cuerda floja desde que empezaron a conquistarse hace menos de un siglo. Hoy, solo 14 de los 190 países analizados por el Banco Mundial reconocen la igualdad jurídica plena entre mujeres y hombres. Y ni siquiera en ellos puede hablarse de una igualdad efectiva.


Aún queda mucho por conquistar, también en esos países. Empezando por impedir que nuestros cuerpos puedan convertirse en un mercado al servicio de los deseos de terceros.


Por eso es tan importante visibilizar y apoyar asociaciones fundamentales en la lucha feminista, como es el caso de Las criadas | Neskameak.


Hablamos de clase sexual e industria reproductiva. Quédate y comparte.



¿Cuándo nace la asociación Las Criadas y con qué objetivos?


Las Criadas / Neskameak comienza a gestarse en Euskadi en abril de 2023. Aquel año coincidieron en Bilbao dos congresos muy significativos: el I Congreso Internacional de Mujeres y Gestación por Sustitución organizado por Gure Umeek Ametsak versión vasca de Son Nuestros hijos y (REDLIBRE) Red Latina de Investigadores en Biotecnologías Reproductivas, con el apoyo del Ayuntamiento de Bilbao permitiendo el uso de uno de sus espacios públicos como es el centro Azkuna Zentroa (la Alhóndiga) y el XVI Congreso Nacional de (ANACER), la Asociación Nacional de Clínicas de Reproducción Asistida.


Además, veníamos de un momento de enorme impacto mediático por el caso de Ana Obregón y otros acontecimientos que estaban contribuyendo a normalizar la explotación reproductiva. Todo aquello supuso un punto de inflexión para muchas feministas radicales de Euskal Herria, que decidimos organizarnos.


En un primer momento nuestro colectivo se llamó "No es ficción. Está pasando." Queríamos transmitir una idea muy sencilla: la industrialización de la explotación reproductiva no es una distopía imaginada por Margaret Atwood, sino una realidad que está ocurriendo hoy.


Con el tiempo acabamos adoptando el nombre de Las Criadas, porque representa a quienes gestan para terceros, igual que ocurre en El cuento de la criada. Es una referencia cultural que muchas personas identifican inmediatamente y que nos permite trasladar una idea muy compleja de forma sencilla.


Nuestro objetivo ha sido siempre denunciar la normalización de la explotación reproductiva, vigilar el cumplimiento de la ley y contribuir a construir un movimiento feminista organizado frente a esta industria.


Nuestro objetivo ha sido siempre denunciar la normalización de la explotación reproductiva, vigilar el cumplimiento de la ley y contribuir a construir un movimiento feminista organizado frente a esta industria.

¿Cuáles dirías que son vuestros principales logros en este tiempo?


Hemos desarrollado una intensa labor de incidencia política. Desde nuestros inicios defendimos la necesidad de endurecer los mecanismos que permitían reconocer en el estado español situaciones derivadas de la explotación reproductiva realizada en el extranjero. En ese contexto, celebramos la derogación de la Instrucción de 10 de mayo de 2010 de la Dirección General de los Registros y del Notariado, que durante años facilitó la inscripción en los consulados españoles de menores nacidos mediante explotación reproductiva en otros países.


Considerábamos que aquella instrucción suponía una vía que desvirtuaba la prohibición existente en nuestro ordenamiento jurídico. Nuestra reivindicación siempre fue avanzar hacia una regulación más coherente y restrictiva.


Otro de nuestros logros ha sido el trabajo de denuncia pública. Nuestras preguntas públicas y las denuncias presentadas han contribuido a situar en el centro del debate la necesidad de aplicar la Ley 1/2023, de 28 de febrero, que prohíbe la publicidad, promoción y difusión comercial de la explotación reproductiva. La reciente sentencia obtenida por el Instituto de las Mujeres frente a un despacho de abogados confirma que la publicidad de este negocio es ilícita y demuestra que la ley puede aplicarse.


Pero, sin duda, uno de los momentos más importantes para nuestra asociación fue la movilización del 6 de septiembre con motivo del II Congreso Internacional sobre Gestación Subrogada celebrado en Madrid. Nuestro objetivo era muy claro: construir una imagen imposible de ignorar. Cerca de 300 mujeres vestidas de criadas llenamos las calles para recordar que, aunque la explotación reproductiva esté prohibida en el estado español, el negocio continúa operando y tratando de normalizarse.


Cerca de 300 mujeres vestidas de criadas llenamos las calles para recordar que, aunque la explotación reproductiva esté prohibida en el estado español, el negocio continúa operando y tratando de normalizarse.

Gracias al trabajo conjunto con numerosas organizaciones feministas de Madrid —entre ellas Contra el Borrado, el Forum de Política Feminista, (CIAMS) Coalición Internacional por la Abolición de la Maternidad Subrogada y otras muchas entidades— conseguimos que la movilización eclipsara mediáticamente el propio congreso. La imagen de las criadas se convirtió en el símbolo de la respuesta feminista y fue difundida por medios nacionales e internacionales.


Creemos que aquel 6 de septiembre marcó un antes y un después. No solo fortaleció el movimiento feminista en el estado español, sino que también inspiró la creación de nuevas organizaciones en otros países, como el Frente Morelense contra la Explotación Reproductiva, en México. Para nosotras fue la demostración de que las imágenes también construyen conciencia política y de que la movilización feminista puede cruzar fronteras.


¿Cuáles son vuestros objetivos y retos para 2027?


Nuestro principal objetivo es seguir fortaleciendo el movimiento feminista abolicionista frente a la industria de la explotación reproductiva.


Queremos organizar un Congreso Internacional Feminista sobre explotación reproductiva que reúna a expertas, activistas y organizaciones de distintos países para compartir investigaciones, estrategias y experiencias. Creemos que la respuesta a una industria transnacional también debe ser internacional.


Al mismo tiempo, queremos continuar una de nuestras principales líneas de trabajo: conseguir que desaparezca la publicidad de la explotación reproductiva dirigida al mercado español y que la Ley 1/2023 se aplique de forma efectiva.


De hecho, en estos momentos tenemos activa una campaña de denuncias ciudadanas. Hemos elaborado materiales divulgativos, una guía paso a paso, un listado con todo tipo de entidades pertenecientes al ecosistema de la industria de la explotación reproductiva y una serie de píldoras formativas para explicar cómo funciona el marketing digital y de qué manera la industria de la explotación reproductiva utiliza todas las herramientas de alto impacto disponibles para captar clientes: páginas web, redes sociales, posicionamiento en buscadores, contenidos aparentemente informativos y otras estrategias de publicidad encubierta.


Queremos organizar un Congreso Internacional Feminista sobre explotación reproductiva que reúna a expertas, activistas y organizaciones de distintos países para compartir investigaciones, estrategias y experiencias.

Nuestro objetivo es que cualquier persona pueda identificar estas prácticas y denunciarlas. Queremos transmitir que la vigilancia ciudadana es una herramienta fundamental y que las denuncias deben dirigirse tanto a las propias plataformas digitales como, especialmente, al Instituto de las Mujeres, que es el organismo legitimado para actuar frente a la publicidad ilícita.

Creemos que esta estrategia está empezando a dar resultados. Las primeras actuaciones se han dirigido contra aquellos casos en los que el carácter publicitario era más evidente, como determinadas agencias y despachos que desarrollaban una clara actividad de captación de clientes.


Por eso insistimos en un mensaje muy sencillo: hoy tenemos una ley de nuestra parte; utilicémosla. Es importante seguir señalando la diferencia entre ofrecer una información neutral y desarrollar una estrategia de captación comercial. Cuando el objetivo es atraer clientes para la industria de la explotación reproductiva, ya no estamos hablando de información: estamos hablando de publicidad, y esa publicidad es ilícita en el estado español.


A más largo plazo creemos que es necesario avanzar hacia una legislación aún más protectora, que cierre las vías de actuación de esta industria y garantice una protección efectiva de los derechos de las mujeres y de la infancia.


Nuestro objetivo es que cualquier persona pueda identificar estas prácticas y denunciarlas. Queremos transmitir que la vigilancia ciudadana es una herramienta fundamental

¿Por qué es tan difícil conseguir que prosperen las denuncias? ¿Cómo se protegen?


Es difícil porque muchas personas confunden que algo no sea delito con que sea legal.


La explotación reproductiva no está tipificada como delito en el Código Penal. Para que exista un delito tiene que haber una responsabilidad penal prevista expresamente por la ley, y aquí no la hay.


Lo que existe es un ilícito. En el estado español los contratos de explotación reproductiva son nulos de pleno derecho y, además, la publicidad de este negocio está prohibida.


La industria conoce perfectamente los límites del ordenamiento jurídico y adapta sus estrategias para operar dentro de esos márgenes.

También se protege mediante la existencia de un vínculo genético con quien posteriormente reclama la filiación paterna. A partir de ahí se articulan mecanismos jurídicos muy complejos que dificultan enormemente las actuaciones judiciales.


¿Qué intereses hay detrás de este negocio?


Estamos hablando de una industria que mueve decenas de miles de millones de euros y que sigue creciendo cada año.


La única persona que pone el cuerpo, asume el embarazo y los riesgos es la mujer. Sin embargo, alrededor de ella se articula todo un ecosistema de la explotación reproductiva, en el que cada actor desempeña un papel concreto y obtiene beneficios económicos.


Están las clínicas de reproducción asistida y la industria farmacéutica, que proporcionan los tratamientos y las técnicas necesarias para hacer posible el proceso. Están los bufetes de abogados, que ofrecen el asesoramiento jurídico para sortear las diferentes legislaciones. También intervienen psicólogos y otros profesionales cuya función consiste, en muchos casos, en acompañar y reforzar el relato que facilita la aceptación del proceso por parte de las mujeres gestantes.

A todo ello se suman agencias intermediarias, empresas de marketing, financieras, consultoras y, cada vez con más frecuencia, perfiles en redes sociales e incluso influ-papis, que muestran su experiencia personal como si fuera un simple testimonio de vida, cuando en realidad contribuyen a normalizar esta práctica y a convertirla en una opción socialmente aceptable.


Los medios de comunicación también desempeñan un papel importante cuando presentan únicamente la parte emocional de estas historias. Se habla del deseo de ser padres, de la ilusión o de la felicidad del resultado final, pero nunca se muestra la estructura económica que sostiene todo el proceso, las desigualdades que lo hacen posible o los intereses empresariales que existen detrás.


Esa estrategia es marketing emocional. Consiste en desplazar el foco desde la industria hacia una historia individual capaz de despertar empatía. Se invisibilizan los contratos, el dinero, la intermediación, el maltrato y la explotación reproductiva, y solo permanece el relato romántico.


Esa estrategia es marketing emocional. Consiste en desplazar el foco desde la industria hacia una historia individual capaz de despertar empatía.

Por eso insistimos en que no estamos hablando de decisiones individuales aisladas, sino de una auténtica industria que necesita normalizar socialmente su actividad para seguir creciendo. En ese sentido comparte una característica con la industria de la prostitución: es un mercado que obtiene beneficios económicos a partir del cuerpo y de la capacidad reproductiva de las mujeres.


¿Hasta dónde llegan sus tentáculos?


Sinceramente, creemos que no alcanzamos a conocer toda la dimensión de esta industria. Lo que vemos es solo la punta del iceberg.


Es un negocio global, con enormes intereses económicos, y una parte importante de su funcionamiento permanece fuera del foco público. La mayoría de la ciudadanía solo conoce el resultado final: una historia aparentemente feliz. Pero apenas se habla de todo lo que ocurre antes, durante y después del embarazo.


Muchas de las mujeres que participan en estos procesos están sujetas a contratos muy estrictos que regulan numerosos aspectos de su vida durante la gestación; lo sabemos porque hemos leído esos contratos, y muchas incluyen cláusulas de confidencialidad. Además, son muy pocas las que después cuentan públicamente su experiencia. Eso hace que conozcamos muy poco sobre las condiciones reales en las que se desarrolla este negocio y sobre las situaciones que permanecen invisibles.


Es un negocio global, con enormes intereses económicos, y una parte importante de su funcionamiento permanece fuera del foco público.

Por eso creemos que la explotación reproductiva es una industria especialmente opaca. Cuanto más investigamos, más comprobamos que existe una distancia enorme entre el relato que se presenta al público y la complejidad de las prácticas que sostienen este mercado.


En este sentido, el trabajo de Reem Alsalem, Relatora Especial de Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, resulta especialmente relevante. En sus informes describe la explotación reproductiva como una cuestión que plantea graves desafíos para los derechos humanos y analiza cómo confluyen intereses económicos, desigualdades estructurales y formas de explotación de la capacidad reproductiva de las mujeres.


Por esa combinación de opacidad, intereses económicos y afectación a los derechos de mujeres e infancia, creemos que la respuesta no puede limitarse a regular mejor esta industria. Nuestra posición es que debe avanzarse hacia su abolición global.


¿Qué prácticas no vemos? ¿Qué habéis descubierto en estos años de activismo?


Lo que muchas veces no vemos es el enorme trabajo de marketing que existe detrás.


Estamos hablando de una industria multimillonaria que conoce perfectamente cómo construir un relato y cómo influir en la opinión pública.


Ese marketing tiene dos direcciones. Una va dirigida a la sociedad para presentar la explotación reproductiva como un acto solidario, moderno o altruista. La otra se dirige a las mujeres que pueden convertirse en gestantes.


Se construye un discurso para convencerlas de que están haciendo un bien, que ayudan a otras personas y que el bebé nunca ha sido realmente suyo.

Paralelamente, a la sociedad se le presenta un relato emocional centrado exclusivamente en el deseo de ser padres, ocultando la industria, el negocio y las desigualdades que hacen posible ese mercado.


Es un proceso de persuasión muy elaborado que nos recuerda a otras grandes industrias.


Siempre ponemos el ejemplo de la industria tabaquera. Durante décadas utilizó la publicidad comercial tradicional para convencer a millones de personas de que fumar era moderno, elegante o incluso saludable. Hoy ese tipo de campañas serían impensables. Sin embargo, la industria de la explotación reproductiva ha adaptado esas mismas estrategias a las herramientas del siglo XXI.


Ya no necesita grandes anuncios en televisión. Utiliza posicionamiento en buscadores, redes sociales, influencers, testimonios personales, medios de comunicación, contenido aparentemente informativo, comunidades digitales y todo tipo de mecanismos propios del marketing digital para llegar a quienes desean tener hijos y convencerles de que esta práctica es una opción ética, segura y deseable.


Ya no necesita grandes anuncios en televisión. Utiliza posicionamiento en buscadores, redes sociales, influencers, testimonios personales, medios de comunicación, contenido aparentemente informativo

Una vez que ese relato se instala en la sociedad, el negocio ya no necesita presentarse como una industria, sino como la solución a un deseo profundamente humano.


Por eso insistimos tanto en la aplicación de la Ley 1/2023. Porque muchas de estas prácticas se presentan como simple información, cuando en realidad forman parte de una estrategia de captación de clientes. Cambia el formato, pero el objetivo sigue siendo el mismo: hacer publicidad y ampliar el mercado.



¿Cómo intervienen los medios de comunicación en la normalización?


Los medios suelen contar la parte emocional de la historia.


Se centran en quienes desean ser padres, en historias individuales o en relatos de altruismo, pero rara vez muestran la industria que existe detrás.


Se invisibilizan los contratos, los intermediarios, el dinero y las desigualdades económicas que hacen posible este negocio. También desaparecen del relato las mujeres que ponen el cuerpo, asumen todos los riesgos físicos y psicológicos y, en muchos casos, atraviesan procesos enormemente complejos.


Pero hay otra realidad de la que nunca se habla: las familias de esas mujeres.

No se habla de sus hijos, que pueden vivir el embarazo y después preguntarse por ese bebé que ya no está. No se habla de las parejas, de las presiones económicas que pueden existir en algunos contextos de vulnerabilidad o del impacto que todo el proceso tiene sobre el entorno familiar de la mujer que gesta.


Se invisibilizan los contratos, los intermediarios, el dinero y las desigualdades económicas que hacen posible este negocio.

La industria y gran parte del relato mediático solo muestran una de las familias: la de quienes consiguen el bebé y aparecen felices ante las cámaras. Las otras familias, las que sostienen el embarazo desde el otro lado, prácticamente nunca existen en el relato público sino es para validar que todo está bien.


Tampoco interesa preguntarse qué ocurre después con esas mujeres. Si realmente han salido de la pobreza, si su situación vital ha mejorado o qué consecuencias físicas, psicológicas o sociales les ha dejado el proceso. Esas preguntas nunca aparecen en los reportajes.


Nosotras creemos que ahí vuelve a actuar lo que llamamos marketing emocional. El foco se coloca exclusivamente sobre el deseo de ser padres y sobre el final feliz. Todo aquello que pueda cuestionar ese relato —las desigualdades, las renuncias, las consecuencias o el impacto sobre las mujeres y sus familias— desaparece de la conversación pública.


Tampoco interesa preguntarse qué ocurre después con esas mujeres. Si realmente han salido de la pobreza, si su situación vital ha mejorado o qué consecuencias físicas, psicológicas o sociales les ha dejado el proceso.

Cuando solo contamos la historia de quienes desean ser padres dejamos de ver el mercado que hace posible esa historia. Y cuando solo mostramos a las familias que compran y son felices, invisibilizamos a las mujeres y a las familias que han soportado todo el proceso y cuyas experiencias nunca encuentran espacio en los medios.


Cuando solo contamos la historia de quienes desean ser padres dejamos de ver el mercado que hace posible esa historia.

Se ha instalado la idea de que la paternidad es un derecho. ¿Cómo desmontáis vosotras esa falacia?


Lo primero es distinguir entre un deseo y un derecho.


El deseo de ser madre o padre merece todo el respeto. Lo que no existe es un derecho a obtener un hijo a cualquier precio.


Quienes sí tienen derechos son los niños y las niñas, y también las mujeres, cuyos derechos y cuya dignidad deben ser protegidos. No podemos convertir un deseo legítimo en un argumento para justificar un mercado basado en la explotación reproductiva.


Durante nuestro activismo en redes sociales hemos comprobado que cuestionar la explotación reproductiva suele ir acompañado de una acusación recurrente: que somos homófobas. Rechazamos completamente esa etiqueta. Nuestra posición nunca ha estado dirigida contra la orientación sexual de nadie. Lo que cuestionamos es un modelo de mercado que se sostiene sobre la utilización de la capacidad reproductiva de las mujeres.


Nuestra posición nunca ha estado dirigida contra la orientación sexual de nadie. Lo que cuestionamos es un modelo de mercado que se sostiene sobre la utilización de la capacidad reproductiva de las mujeres.

En los últimos años hemos observado un incremento de hombres que recurren a la explotación reproductiva en el extranjero para tener hijos con vínculo genético. Al mismo tiempo, se ha popularizado cada vez más el uso de expresiones como "familias diversas" dentro de este debate. Para nosotras es importante distinguir dos cuestiones que no deberían confundirse: la diversidad de las formas familiares merece el mismo respeto y protección jurídica, pero esa diversidad no puede servir para justificar prácticas que impliquen la explotación reproductiva de mujeres.


Cuando dos hombres desean tener un hijo con carga genética propia, la única forma de conseguirlo es recurriendo a la participación de una mujer, ya sea mediante la adopción —cuando procede conforme a la legislación— o mediante la explotación reproductiva. Nuestro desacuerdo no está en el modelo familiar, sino en que el deseo de transmitir la propia carga genética pueda llegar a justificar un mercado basado en el cuerpo de las mujeres.


Para nosotras es importante distinguir dos cuestiones que no deberían confundirse: la diversidad de las formas familiares merece el mismo respeto y protección jurídica, pero esa diversidad no puede servir para justificar prácticas que impliquen la explotación reproductiva de mujeres.

También nos preocupa que, en ocasiones, se presente esta situación como si estuviéramos hablando de infertilidad. Desde nuestro punto de vista, conviene diferenciar entre la infertilidad como condición médica y la imposibilidad biológica de reproducción entre dos personas del mismo sexo. Esa diferencia no altera nuestra posición de fondo: ninguna circunstancia genera un derecho a disponer de la capacidad reproductiva de otra persona.


En el estado español existe además un principio jurídico muy claro: la madre es la mujer que da a luz. Por eso los contratos de explotación reproductiva son nulos de pleno derecho. Nos preocupa que determinados discursos lleguen a borrar completamente a la mujer que ha gestado, reduciendo su papel a un mero instrumento para satisfacer el deseo de terceros.


Creemos que el movimiento LGBTIQ+ tiene una responsabilidad importante en este debate. Del mismo modo que entra en debates de discriminación, también puede contribuir a dejar claro que la igualdad y la diversidad familiar no necesitan sostenerse sobre la explotación reproductiva de las mujeres.

Defender los derechos de las mujeres frente a cualquier forma de explotación reproductiva no es una postura contra ningún colectivo. Es una posición feminista basada en la igualdad, la dignidad y los derechos humanos.


Creemos que el movimiento LGBTIQ+ tiene una responsabilidad importante en este debate. Del mismo modo que entra en debates de discriminación, también puede contribuir a dejar claro que la igualdad y la diversidad familiar no necesitan sostenerse sobre la explotación reproductiva de las mujeres.


Entonces, ¿creéis que el movimiento LGB está reaccionando adecuadamente frente a esta normalización?


Creemos que existen muchas personas dentro del colectivo LGB que son críticas con la explotación reproductiva.


El problema es que esas voces tienen mucha menos visibilidad pública que quienes la defienden.


Eso es algo que debemos señalar.


Si realmente existe ese debate interno, resulta legítimo preguntarse por qué cada año se permite la presencia de empresas o entidades vinculadas a este negocio en espacios tan visibles como las carrozas del Orgullo de Madrid.

Ese tipo de presencia contribuye a normalizar esta industria.



¿Qué escenarios veis posibles en un futuro cercano?


Lo primero es recordar que en Estados Unidos la explotación reproductiva no es legal en todos los estados. Depende de cada legislación estatal.

Es evidente que existen discursos que cuestionan derechos que parecían consolidados y que, muchas veces, se lanzan como globos sonda para comprobar cuál es la reacción social.


Pero la historia del feminismo también demuestra otra cosa: cuando los derechos de las mujeres han estado en peligro, las mujeres se han organizado para defenderlos.


Ya ocurrió con el Tren de la Libertad.


No creo que los derechos de las mujeres desaparezcan sin respuesta. El movimiento feminista ha demostrado durante décadas una enorme capacidad de movilización.


La historia del feminismo también demuestra otra cosa: cuando los derechos de las mujeres han estado en peligro, las mujeres se han organizado para defenderlos

¿Cómo podemos ayudar en la lucha por la abolición internacional de la explotación reproductiva?


Lo primero es no callarse.


Lo segundo, no contribuir a normalizar ninguna forma de explotación de las mujeres. Cada vez que compartimos sin cuestionarlo un reportaje, un vídeo o una campaña que romantiza la explotación reproductiva, estamos contribuyendo, aunque sea sin querer, a la estrategia de marketing de esta industria.


El feminismo lleva más de tres siglos de lucha. Ninguno de los derechos que hoy disfrutamos fue un regalo; todos han sido conquistados gracias a mujeres que se organizaron antes que nosotras. Esa historia es la que ha ido construyendo la agenda feminista que hoy seguimos defendiendo y ampliando.

Sabemos que luchamos contra una industria transnacional que mueve miles de millones de euros y que dispone de enormes recursos económicos y comunicativos. Pero eso no significa que sea invencible. También parecía imposible conquistar el derecho al voto, el derecho al divorcio o el derecho al aborto, y la historia del movimiento feminista demuestra que los cambios son posibles cuando existe organización.


El feminismo lleva más de tres siglos de lucha. Ninguno de los derechos que hoy disfrutamos fue un regalo

Ahora nos toca consolidar esos derechos y seguir ampliándolos. No podemos dar ni un paso atrás. Tenemos que seguir defendiendo el derecho al aborto, combatir la explotación reproductiva y apoyar a otras organizaciones feministas que trabajan contra distintas formas de explotación de las mujeres.


No todas tenemos que desempeñar el mismo papel. Hay asociaciones especializadas en prostitución, otras en pornografía, otras en violencia machista, otras en derechos sexuales y reproductivos y otras, como Las Criadas, centradas en la abolición de la explotación reproductiva.


Hay una máxima que nos gusta mucho y que resume muy bien cómo entendemos esta lucha: «Marchar separados, golpear juntos.» Cada organización tiene su ámbito de trabajo, su experiencia y sus herramientas, pero todas avanzamos en la misma dirección. La abolición de la explotación reproductiva no será el trabajo de una sola asociación, sino el resultado de un movimiento feminista amplio, coordinado y perseverante.


Porque, al final, el objetivo es común: que ninguna mujer pueda ser explotada por su capacidad reproductiva y que ningún derecho conquistado por las mujeres retroceda.



¿Cómo de importante crees que es en estos tiempos tomar conciencia de que las mujeres somos una clase sexual en un sistema jerárquico machista del que, a todas luces, no nos hemos librado?


Creemos que es absolutamente fundamental, porque una de las mayores victorias del machismo ha sido convencernos de que la igualdad ya está conseguida.


Se repite constantemente que el feminismo ha ido demasiado lejos, que las mujeres ya tenemos los mismos derechos que los hombres y que ahora son ellos quienes están discriminados. Ese relato no responde a la realidad. Es una reacción frente a los avances feministas y una estrategia para desacreditar un movimiento que lleva más de trescientos años ampliando derechos.


Como dice nuestra compañera Lola Venegas, una feminista a la que admiramos profundamente, el feminismo protagoniza la guerra más larga de la historia. Esa frase resume muy bien dónde estamos. No hablamos de una lucha que haya terminado, sino de un proceso histórico que continúa porque las estructuras de desigualdad siguen existiendo.


Desde el feminismo radical hablamos de las mujeres como una clase sexual porque existen formas de explotación que recaen exclusivamente sobre nosotras por el hecho de ser mujeres. La prostitución, la pornografía, la explotación reproductiva mediante la explotación reproductiva o la explotación de los cuidados tienen un denominador común: utilizan el cuerpo, el tiempo, la sexualidad o la capacidad reproductiva de las mujeres como un recurso del que otros obtienen beneficios.


Por eso resulta muy difícil sostener que vivimos en una igualdad real. No existe igualdad cuando siguen existiendo industrias multimillonarias que obtienen enormes beneficios de la explotación de las mujeres. No existe igualdad cuando los cuidados continúan recayendo mayoritariamente sobre nosotras por el simple hecho de ser mujeres. No existe igualdad cuando la maternidad sigue penalizando laboralmente a las mujeres. Y no existe igualdad cuando se pretende convertir nuestra capacidad de gestar en un servicio disponible para el mercado.


Desde el feminismo radical hablamos de las mujeres como una clase sexual porque existen formas de explotación que recaen exclusivamente sobre nosotras por el hecho de ser mujeres. La prostitución, la pornografía, la explotación reproductiva mediante la explotación reproductiva o la explotación de los cuidados tienen un denominador común: utilizan el cuerpo, el tiempo, la sexualidad o la capacidad reproductiva de las mujeres como un recurso del que otros obtienen beneficios.

Al mismo tiempo, estamos viendo con preocupación el auge de discursos que presentan el feminismo como una amenaza. Hay hombres que sienten que el feminismo ha llegado demasiado lejos y que interpretan la pérdida de privilegios como si fuera una pérdida de derechos. Creo que ahí también existe una responsabilidad. Es necesario que esos hombres se pregunten por qué perciben la igualdad como un problema y qué modelo de sociedad desean construir.


También observamos cómo vuelven a difundirse mensajes profundamente misóginos que animan a muchas mujeres a regresar a los roles tradicionales: volver a la cocina, asumir en exclusiva los cuidados, depender económicamente de un hombre o renunciar a la autonomía conquistada por generaciones anteriores. Incluso aparecen discursos que cuestionan la participación política de las mujeres o minimizan la importancia de su derecho al voto. No son fenómenos aislados; forman parte de una reacción organizada frente a los avances feministas.


Ni siquiera hace falta mirar al pasado para comprender lo que ocurre cuando los derechos de las mujeres dejan de protegerse. Basta con mirar a Afganistán. Allí estamos viendo cómo, en muy poco tiempo, las mujeres han sido expulsadas de la educación, del trabajo, del espacio público y de la vida política. Es un recordatorio de que ningún derecho está garantizado para siempre. Los derechos se conquistan, pero también pueden perderse si dejamos de defenderlos.


La industrialización de la explotación reproductiva nos demuestra que el patriarcado no ha desaparecido; simplemente ha aprendido a adaptarse a los nuevos tiempos. Hoy muchas formas de explotación ya no se presentan como imposiciones, sino como libertad, elección, solidaridad o progreso. Pero detrás de ese lenguaje seguimos encontrando una misma realidad: mujeres cuyo cuerpo y cuya capacidad reproductiva se convierten en recursos para satisfacer los deseos o los intereses de otros.


Mientras eso siga ocurriendo, no podremos hablar de una igualdad plena.

Esa es la razón por la que seguimos organizándonos. No porque queramos volver al pasado. Del pasado ya conocemos las consecuencias de negar derechos a las mujeres y no queremos repetirlas.


Ni siquiera hace falta mirar al pasado para comprender lo que ocurre cuando los derechos de las mujeres dejan de protegerse. Basta con mirar a Afganistán. Allí estamos viendo cómo, en muy poco tiempo, las mujeres han sido expulsadas de la educación, del trabajo, del espacio público y de la vida política.

Estamos en esto porque imaginamos un futuro diferente. Un mundo verdaderamente justo para las mujeres y para las niñas. Un mundo en el que ninguna mujer pueda ser explotada por el hecho de ser mujer y en el que ninguna niña tenga que crecer pensando que su cuerpo existe para satisfacer los deseos de otros.


Porque, al final, el feminismo es la lucha por la emancipación de las mujeres del yugo patriarcal. Esa ha sido su razón de ser desde sus orígenes y sigue siéndolo hoy. Y mientras exista un sistema que convierta el cuerpo, la sexualidad, la capacidad reproductiva o el trabajo de las mujeres en un recurso disponible para otros, el feminismo seguirá siendo necesario.


Nuestro compromiso es seguir trabajando para que las niñas que vengan detrás hereden un mundo más libre, más justo y más igualitario que el que nosotras recibimos.


Explotación reproductiva

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