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Olmo Morales: “La masculinidad es una posición de poder, un lugar existencial de privilegio”

  • hace 20 horas
  • 16 min de lectura

¿Qué es realmente la masculinidad y cómo se construye desde la infancia? En esta entrevista para DISIDENCIAS, el sociólogo y formador Olmo Morales Albarrán analiza la masculinidad como una estructura de poder, desmonta el mito de las “nuevas masculinidades”, reflexiona sobre la figura del aliade y explica por qué muchos hombres siguen beneficiándose del patriarcado incluso cuando se consideran feministas.


Quédate y comparte.


Vamos a empezar yendo al grano: ¿cómo defines la masculinidad? ¿Qué sabemos de ella y qué es para ti?


La masculinidad es una posición de poder, un lugar existencial de privilegio sobre las mujeres en el que se nos coloca a los hombres nada más nacer. 


Desde ahí vamos a aprender a estar en el mundo y a desarrollar una forma de relación específica con ese otro grupo social dialéctico y estructuralmente subordinado que sois las mujeres. Autoras increíbles como Christine Delphy llamaron esa forma de relación entre clases sexuales “sexage”, relaciones de sexo enmarcadas en un sistema de dominio y explotación de los hombres sobre las mujeres.


Muchas veces se habla de la masculinidad como una serie de atributos, una serie de mandatos, un estereotipo o unos roles. El problema de centrarnos en esa visión es que genera engaño porque nos lleva, en primer lugar, a percibirnos distintos y más igualitarios cuando no cumplimos con ello y, en segundo lugar, nos lleva a vernos como víctimas cada vez que se subraya como intrínseco a la masculinidad ese famoso “deber ser un hombre de verdad”. Esto es rotundamente falso: los hombres tenemos muchas formas de comportarnos, muchos gustos distintos y muchos estilos de vida, pero desde todos ellos seguimos oprimiendo a las mujeres y aprovechando la estructura social y sexual que juega a nuestro favor.


Dejar de ser, como se repite hasta la saciedad, ineptos emocionales no nos va a llevar a ser justos en nuestro trato con las mujeres. De ser así, el señor David Coleman sería el gurú del cambio ético de los hombres en relación con las mujeres.


Los hombres tenemos muchas formas de comportarnos, muchos gustos distintos y muchos estilos de vida, pero desde todos ellos seguimos oprimiendo a las mujeres y aprovechando la estructura social y sexual que juega a nuestro favor.

¿Cuándo empieza a forjarse la masculinidad y a través de qué procesos? Primera infancia, socialización, adolescencia... Danos algunos ejemplos concretos de rituales, costumbres o elementos sociales que inoculen masculinidad.


Ya antes de nacer hay establecidos una serie de dispositivos que preparan el entorno para recibir a un niño o a una niña. Toda esa organización alrededor del sexo del bebé predispone un trato diferencial, un modelo de aprendizaje y de enseñanza y todo un entramado de símbolos que se articulan a la perfección con los ya preestablecidos en esta sociedad patriarcal.


Ese “entramado” va a marcar profundamente la significación que le damos a la experiencia y es en ese caldo de cultivo en el que se va a ir fraguando el proceso de subjetivación masculina, produciendo una manera específica de mirar y vincularse con las niñas, a través del uso y la apropiación como vectores fundamentales de la misma.


A continuación voy a poner algunos ejemplos de experiencias que se identifican rápidamente en los grupos y talleres cuando trabajamos infancia y adolescencia desde una posición vivida masculina.


Usamos el espacio central y más grande del patio, lo que así ya simplemente nos lleva, en ese proceso de subjetivación, a creernos más importantes que nuestras compañeras. Podemos decir, y de hecho muchas veces decimos y nos contamos, que como no nos gustaba el fútbol y por tanto no ocupamos esos espacios somos hombres distintos y menos machistas. Aquí lo que tenemos que fijarnos es que no solo hemos usado el espacio central y más grande sino que, como muchas veces se identifica en los grupos, “el patio era nuestro”. Esto significa que podíamos utilizar no solo los espacios ocupados mayoritariamente por los chicos sino también aquellos periféricos ocupados por las chicas, en donde recibíamos un trato de favor, exquisito y privilegiado, alimentando la misma creencia de “importancia de sí” que si hubiéramos ocupado los lugares centrales.


Otra experiencia significativa es la de los cuidados. Es extremadamente excepcional que un hombre en un taller diga que sus figuras principales de cuidados han sido hombres. Cuando desde antes de tener uso de razón hemos recibido cuidados abrumadoramente por parte de mujeres no es difícil hacer la conexión con que lo que aprendemos de esa experiencia es que los hombres tenemos el derecho a ser cuidados y a no cuidar. Es algo bastante lógico y no hace falta tener un posgrado para entenderlo. De ahí que, en cuanto cuidamos un poco, los hombres nos consideramos extraordinarios, porque en el fondo consideramos que estamos haciendo algo que no nos corresponde y que si lo hacemos es porque somos tremendamente majos y generosos.


Una tercera experiencia apunta al uso de ropa cómoda, al permiso para hacer actividades que pudieran implicar caerse mientras exploramos el mundo. Un menor control parental que, al fin y al cabo, se traduce en una mayor libertad que la experiencia infantil de nuestras amigas, compañeras y hermanas. Una mayor libertad de movimiento y una mayor libertad para la elección de actividades se suma a esa mayor libertad con la que nos movemos por el espacio como acabábamos de ver.


Hay algo muy llamativo que se da especialmente en experiencias masculinas del entorno urbano. Se trata de que muchas veces no sabemos dónde están las niñas de nuestra clase jugando en el patio ni a qué se dedican; es decir, nos son invisibles, no tienen relevancia. Esto en el entorno rural no ocurre porque, al ser poblaciones más reducidas, se dan dinámicas de ocio más compartido, lo que no significa, obviamente, que no se produzcan y practiquen otras formas de desigualdad entre unos y otras, simplemente que esta no se da.


Según vamos entrando en la adolescencia, “mágicamente” las niñas empiezan a aparecer y a ser vistas. No es casualidad que, en la experiencia heterosexual, aparezcan como objetos de deseo y excitación y sus cuerpos sean percibidos como fuentes de posible diversión a través de tocamientos y “molestares” varios. Subrayo lo de “heterosexual”, pero es bien sabido que los chicos con orientación sexual no normativa se dan permiso igualmente para tocar y juzgar el cuerpo de sus amigas; luego la disposición a la apropiación y uso del cuerpo es algo intrínseco a la masculinidad independientemente de la orientación sexual.


Algo que los hombres identificamos con claridad en la adolescencia es la cantidad de violencias de las que nos libramos por no haber sido chicas adolescentes. Aquí aparecen cosas como librarnos de los “chistes sobre ellas, sobre su aspecto, su cuerpo, sobre el no depilarse o sobre el olor”. Esta dinámica masculina del juicio permanente sobre las mujeres deriva en problemas de autovaloración que pueden llegar a generar graves problemas de salud mental como los trastornos de la conducta alimentaria. Los hombres adultos, al explorar la adolescencia, damos buena cuenta de ello: aparece la culpa y esa emoción moviliza internamente el deseo de cambio, el deseo de no ser aquel que uno fue y querer compensarlo.


Otra cosa muy repetida son las famosas listas o clasificaciones sobre las compañeras de clase, juzgando y evaluando su cuerpo por partes, es decir, troceándolas. Algo común es dar cuenta de cómo a las chicas no se las animaba a hacer actividades de movimiento sino a estar sin moverse ni molestar mucho, restringiendo sus actividades… “corrían y jugaban menos”.


Somos muy conscientes de que nos hemos librado de un férreo control parental que además les hacía responsables de lo que pudiera pasarles si no eran obedientes… “no podían ir solas, les decían que no se pusieran falda, que se andaran con ojo y demás”.


“Las violencias y tocamientos de la infancia siguen y se intensifican en la adolescencia” y esto es algo que repetimos una y otra vez. La no exposición constante a la violencia sexual y la ausencia de juicio acerca de si nos liábamos con una o con otra nos permite a los varones desarrollar una sexualidad más libre que desgraciadamente enfocamos hacia la violencia contra las mujeres, limitando su vida y su sexualidad, imponiendo un estado de alerta constante a la hora de vincularse sexo afectivamente con nosotros.


¿Quién nos dejaba los apuntes? Mayoritariamente compañeras. Las mismas a las que sentaban en nuestro pupitre para que nos ayudaran sin importar la carga que podíamos suponer para ellas, poniendo una vez más en el centro el desarrollo académico de los chicos por encima del de las chicas.


Otra experiencia compartida por muchos hombres heterosexuales son las dobles intenciones. “Hacernos amigos de alguna chica con la intención soterrada de ligar y cuando somos rechazados nos hacemos los ofendidos y pasamos de ella”. No es casualidad que la experiencia inversa no ocurra, la falta de honestidad a la hora de vincular es una tónica normalizada en los varones jóvenes y adultos. El impacto al final es la desconfianza y la constante sensación de “¿le caigo bien o es que quiere algo más y por eso es tan majo?”. Estas relaciones podían incluso derivar en abuso o intento de abuso sexual, lo que venía a preceder en el segundo caso a una negativa o límite por parte de ella y al enfado masculino como si “se nos debiese algo” buscando activar la culpa como forma de chantaje.


Los chicos con orientación sexual no normativa se dan permiso igualmente para tocar y juzgar el cuerpo de sus amigas; luego la disposición a la apropiación y uso del cuerpo es algo intrínseco a la masculinidad independientemente de la orientación sexual.

¿Por qué desde ciertos sectores existe tanto empeño en hablar de "masculinidades" en plural? A mí se me ha pegado el palabro de tanto oírlo y ya me fastidia.


La respuesta corta es que hablar de plurales da pie a pensar que hay una o unas masculinidades que son machistas y otras que no. Es decir, es la puerta de entrada para la percepción y autopercepción de que no todos los hombres estamos marcados por el afán de dominación sobre las mujeres. Dicho de otra manera, abre la puerta al Not all men y esto es algo que nos conviene a los hombres y que encaja con la fantasía/deseo de una gran mayoría de mujeres (mujeres con hijos, mujeres heterosexuales, etc.) que quieren seguir pensando que el problema es de “algunos hombres” o que los hombres/niños de sus vidas se salvan.


En un orden de cosas paralelo es como hablar de feminismos, en donde hay un feminismo “bueno” y un feminismo “malo”. El “bueno” sería ese no confrontativo que busca la conciliación entre unos y otras y el “malo” es el que reconoce que sí, que hay una guerra entre sexos o, más bien, un régimen genocida y de apartheid ejercido por los hombres y que merece una contundente respuesta.


Tenemos a la derecha reaccionaria queriendo borrar los conceptos “feminicidios” y “violencia de género”. ¿Qué relaciones directas se establecen entre la masculinidad y las instituciones y personalidades del ámbito de las políticas que sustentan las estructuras de poder?


Esta es una pregunta muy compleja y para la que no tengo una respuesta clara, pero daré unas puntadas sobre lo que creo que hay.


Históricamente y a día de hoy, los hombres seguimos acumulando los puestos de poder político, económico y judicial más relevantes. Cuando entendemos que decir poder económico es también hablar de poder mediático y de construcción de opinión pública a través de los medios, nos damos cuenta de que esa dimensión desborda la agencia masculina en una red de ámbitos inconmensurable. Los hombres nos erigimos como una mafia que opera a veces de manera más informal y espontánea y a veces más organizada y estructurada.


Los tentáculos del corporativismo masculino se extienden desde grupos como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado hasta los abogados que defienden a ultranza los "derechos del padre” a seguir abusando de su criatura o la institucionalización de figuras como la Coordinación de Parentalidad, legitimando una vez más el SAP bajo el nombre de “interferencias parentales” (animo a leer el último informe de Themis sobre este tema).


Dicho de otro modo, los hombres en tanto que clase sexual buscamos perpetuar nuestro poder de formas más o menos sutiles o evidentes, más o menos articuladas o espontáneas y más o menos latentes o manifiestas, reificando una y otra vez el control y el dominio sobre las mujeres. Para ello nos servimos de todas las herramientas a nuestro alcance: las más micro en el ámbito cotidiano, como la colusión, el encubrimiento y la permisividad; y las macro, como la incidencia en las políticas públicas, la desviación de fondos destinados a erradicar la violencia contra las mujeres para acciones enfocadas a nuestro mayor bienestar (talleres de nuevas masculinidades) o la construcción de un “sentido común” que juegue a nuestro favor.


El uso y establecimiento de términos como “violencia doméstica” son grandes ejemplos del poder de definición de la realidad que ejercemos los grupos poderosos y que construyen significación cotidiana, impactando de manera directa no solo en las grandes políticas sino en lo más íntimo de nuestras (vuestras) vidas.


Los tentáculos del corporativismo masculino se extienden desde grupos como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado hasta los abogados que defienden a ultranza los "derechos del padre” a seguir abusando de su criatura o la institucionalización de figuras como la Coordinación de Parentalidad, legitimando una vez más el SAP bajo el nombre de “interferencias parentales”

¿Qué hay detrás del aliade? Ese señor que se acerca a nosotras para mostrarnos su apoyo porque se ha deconstruido y nos explica qué es el feminismo mientras en casa le pregunta a su pareja dónde están los calcetines limpios.


Detrás del aliade lo que hay es un hombre que se autopercibe diferente y más igualitario. Hay un autoengaño y un intento más o menos consciente de engañar a las mujeres.


Hay una fantasía, y es que si voy a convocatorias feministas y no violo ni golpeo ni grito (utilizo otras formas de dominio más adaptadas a los nuevos tiempos porque esas están ya deslegitimadas por la mayoría de mujeres) soy parte de la lucha porque, además, “no he encajado nunca con los que vienen diciendo qué es un hombre de verdad y me han hecho bullying otros hombres”.


Suelen ser, en muchos casos, hombres que, si bien siguen manifestando una subjetividad masculina en su vínculo con las mujeres, han “roto” con esas normas de género que se confunden con el machismo. Es decir, han roto con el estereotipo del macho ibérico y esto les lleva a leerse prácticamente como sujetos del feminismo porque van a terapia, se pintan la raya del ojo, tienen muchas amigas y les gustan las películas de drama.


Tengo que reconocer, en un ejercicio de honestidad, que tuve mis dos o tres años, hace veinte, de habitar ese lugar. Y es un lugar muy reconfortante, donde se está muy a gusto, muy cómodo y en donde se alimenta una falsa satisfacción de ser uno más en la lucha de las mujeres, abandonando así el lugar de opresor que tan poco nos gusta aceptar y asumir.


Hay una fantasía, y es que si voy a convocatorias feministas y no violo ni golpeo ni grito (utilizo otras formas de dominio más adaptadas a los nuevos tiempos porque esas están ya deslegitimadas por la mayoría de mujeres) soy parte de la lucha porque, además, “no he encajado nunca con los que vienen diciendo qué es un hombre de verdad y me han hecho bullying otros hombres”.

Hoy en día es fácil reconocer dos tipos de hombres “víctimas del sistema”. Los que se sienten víctimas del feminismo porque ya no pueden ejercer determinados privilegios sin cuestionamiento. Y los que han pasado a sentirse víctimas del propio patriarcado, colocándose nuevamente en el centro de la atención y los cuidados como grandes perjudicados de su propio machismo. De los segundos sueles hablar mucho en tus redes. Cuéntanos: ¿de dónde han salido?


Dando continuidad a la respuesta anterior, esos hombres que se autoperciben víctimas del patriarcado (aunque ahora metan la muletilla de “pero menos que las mujeres”) han sido gestados y alimentados por discursos y análisis inventados por hombres a través de los Estudios de Género y los Estudios de las Masculinidades.


Estos marcos de pensamiento fraguados en las universidades han servido para desplazar el marco de la Teoría Crítica Feminista en pro de un marco teórico más amable y complaciente con nosotros. Nos hemos apropiado además de presupuesto y espacio académico que venía a seguir indagando sobre el permanente abuso y dominio masculino sobre las mujeres.


Los hombres más espabilados nos hemos dado cuenta de que el modelo de masculinidad tradicional empieza a estar obsoleto y que tenemos que desarrollar otros modelos más eficaces para perpetuar nuestro poder. De esta manera incorporamos prácticas tradicionalmente asociadas a las mujeres para, por un lado, ponernos la máscara de igualitarios y, por otro, para tener una vida más saludable desprendiéndonos de actividades vinculadas al hombre tradicional que nos eran perjudiciales, como las típicas conductas de riesgo que solíamos llevar a cabo.


Somos los hombres que sabemos que cualquier forma de poder debe actualizarse para seguir manteniéndose. Quienes sabemos que el dominio se puede ejercer de muchas formas y que cuanto más sutiles sean más eficaces lo son también. Somos los hombres que, como dice Roberto Garda, hemos aprendido que podemos conseguir llorando y mostrando nuestra vulnerabilidad lo que antes conseguíamos con el grito. Somos quienes sabemos que la violencia es el recurso del torpe que no tiene otra forma de conseguir lo que quiere.


El dominio se puede ejercer de muchas formas y que cuanto más sutiles sean más eficaces lo son también.

¿Y de dónde has salido tú? ¿Qué te llevó a formarte en feminismo crítico y masculinidad?


La respuesta a cómo entró el feminismo en mi vida es la siguiente.

Allá por 2003 estudiaba Sociología y tenía asignaturas como Sociología de las Relaciones de Género, Antropología de Género, etc., y fue ahí donde empecé a tomar conciencia de la injusticia que sufrían las mujeres. Pero no fue hasta el año siguiente, en 2004, cuando mi pareja de aquel entonces me hizo ver que el machismo no solo estaba en la sociedad (ese ente abstracto) y en lo macro, sino que estaba también encarnado en mi manera de vincularme.


Ahí hubo un antes y un después. ¿Cómo yo, que era un tío sensibilizado con la justicia social, criado en una familia atea, profundamente de izquierdas e incluso con madre feminista, y que venía de militar en colectivos internacionalistas, iba a ser machista?


Algo en mí se quebró: era la autoimagen de tío justo que me había venido construyendo hasta entonces. A partir de ahí vino un proceso de revisión en mi primer grupo de hombres mientras, en paralelo, participaba en iniciativas como el, en aquel momento llamado, Eje de Género de Rompamos el Silencio, una confluencia de distintos movimientos sociales en la que durante una semana se okupaba un espacio de Madrid y se coordinaban acciones directas no violentas en distintos ejes de lucha.


Mientras esto ocurría, uno seguía identificando actitudes y prácticas que escondían o camuflaban la desigualdad cotidiana que ejercía con las mujeres, a la vez que me sumergía teóricamente en las profundidades de las relaciones de sexo y, por tanto, en la forma en que los hombres sacamos partido de nuestra relación con las mujeres.


Así hasta la actualidad, en donde ahora mismo no formo parte de colectivos mixtos sino de un grupo de hombres (Indignados cuestionando/nos el Patriarcado) en el que hacemos un trabajo hacia dentro de revisión y hacia fuera de sensibilización, y de la red en la que estamos integrados (Red de Grupos de Hombres de Madrid Contra el Machismo Propio y Ajeno).


¿Cómo enfocas tus talleres y tus grupos de trabajo?


El enfoque es siempre el mismo: el marco que tantas mujeres y algunos pocos hombres han teorizado y que parte de entendernos a los hombres como una clase sexual opresora sobre las mujeres.

En mis talleres no hay tiempo para pensar cómo nos relacionamos entre nosotros, sino que es para alimentar la necesaria traición y confrontación. El trabajo está centrado en el vínculo que establecemos con vosotras y aun así siempre faltan horas.


Desde Subjetividad Masculina y Cambio, que es la entidad de la que soy socio fundador a nivel profesional, tenemos muy claro que cuestionar el modo de relación entre iguales no nos lleva automáticamente a cuestionar el vínculo con vosotras. Sin embargo, sabemos y constatamos que trabajar en el vínculo con vosotras sí que genera cambios en la manera de vincular con otros hombres y con uno mismo.


El foco siempre va a estar puesto en el necesario descentramiento masculino para caminar, en palabras de Susana Covas, hacia la equivalencia existencial con las mujeres.


Cuéntame alguna vivencia interesante. ¿Tienes anécdotas de algún señor que entrara como Gastón en La Bella y la Bestia, al puro estilo Gym Bro, y saliera convertido en un ser pensante?


(Risas) Me ha hecho mucha gracia la formulación de la pregunta.


La respuesta es difícil porque normalmente no tenemos un número de horas como para generar cambios profundos, sino para dar claves, despertar inquietudes o avivar las brasas casi apagadas de la autocrítica masculina.

Las evaluaciones las elaboran los hombres participantes y tienen, obviamente, un sesgo de género autocomplaciente.


En nuestras observaciones de campo sí apreciamos cambios de lugar, reflexiones y marcos más feministas, y desarrollos que ponen a las mujeres en el centro donde antes solo estábamos nosotros.


Me da buena sensación cuando al acabar un taller se me acercan hombres a darme las gracias porque se han dado cuenta de cosas que no veían, que han visto que tienen que revisarse y cambiar ciertas actitudes y prácticas con las mujeres y que les he hecho ver y verse de otra manera.


Esto ocurre tanto en hombres con perfiles de esos “difíciles” como en hombres ya sensibilizados, indistintamente.


¿Qué esperan los hombres que van a tus talleres? ¿Qué suele motivarlos a dar ese paso?


Pues hay de todo porque muchas veces están medio obligados por compromiso con la entidad que les da cobijo o les está ayudando y otras veces vienen de motu propio.


Quienes vienen a los talleres porque quieren tienen la motivación de ser más justos en su relación con las mujeres, de identificar lo que les cuesta, de trabajar lo que les han señalado o de cambiar lo que ya se reconocen.


Quienes vienen a los talleres porque quieren tienen la motivación de ser más justos en su relación con las mujeres, de identificar lo que les cuesta, de trabajar lo que les han señalado o de cambiar lo que ya se reconocen.

En octubre impartes el taller "Ranuras para el cambio", tanto online como presencial en Madrid. Hace mucha falta que eso se te llene. ¿Cómo lo vas a enfocar? ¿Qué pueden aprender los hombres que participen?


Sí, en octubre sacaré la décima edición del taller.


Es sin lugar a dudas el trabajo con hombres más serio que hago porque dura nueve meses, son encuentros semanales y es un grupo reducido.


Estos tres factores hacen que podamos hacer un proceso que va desde la autoexploración de la biografía y, por tanto, de los aprendizajes sociopolíticos que derivan de una posición vivida masculina, hasta el proyecto de cambio y su seguimiento aterrizado en prácticas concretas con mujeres que ocupan lugares importantes en nuestra vida.


Los hombres van a incorporar herramientas de análisis propio que van a servir para identificar o detectar lo que les cuesta ver.


Hacemos dinámicas de investigación en distintos tipos de relación con mujeres, siempre con el enfoque que ya he mencionado a lo largo de la entrevista, y ejercicios de transformación política de las prácticas de inequidad.


El taller funciona además como un laboratorio en el que se entrena para seguir con el trabajo de forma autogestionada (muchos grupos han continuado por su cuenta después del taller).


Es una iniciativa de la que me siento orgulloso y de la que abrumadoramente recibo evaluaciones muy positivas por parte de los participantes.

Puedo también apreciar la evolución al alargarse en el tiempo y es muy gratificante.


Obviamente implica un compromiso y es duro y decepcionante a veces ver cómo los hombres muchas veces nos saltamos sesiones porque priorizamos otras cosas.


Esto es algo que lo sigo viendo, pero aun así también reconozco que el trabajo que hacemos es incómodo y jode, y que la tasa de abandono sea inferior al 10 % lo interpreto casi como algo positivo.


Si pudieras arrancar un solo elemento de todos los que conforman el constructo de la masculinidad, ¿cuál sería?


Creo que sería el de “la importancia de sí”, que ya desarrolló Luis Bonino hace veinte años.


Creo que es un elemento que permea todas las facetas de nuestra vida y nuestra relación con vosotras, desde lo afectivo-sexual, lo laboral, las amistades, los vínculos materno-filiales, etc. Es motor y sostén de la lógica extractivista que os embarra la existencia.


Masculinidad_Olmo Morales

Referencias citadas

  • Christine Delphy. Teoría de las relaciones sociales de sexo y concepto de sexage.

  • Luis Bonino. Concepto de «importancia de sí» y estudios sobre subjetividad masculina y micromachismos.

  • Roberto Garda. Trabajos sobre masculinidad, poder y violencia masculina.

  • Susana Covas. Desarrollo del concepto de «equivalencia existencial».

  • Asociación de Mujeres Juristas Themis. Informes sobre coordinaciones de parentalidad e interferencias parentales.

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