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Ane Lekanda: “Aceptar que existe la violencia obstétrica supondría tener que cambiar el sistema sanitario”

  • hace 1 día
  • 15 Min. de lectura

Nombrar la violencia obstétrica va mucho más allá de reconocer un daño individual, incluso más allá de reconocer otra de las violencias que nos afecta a todas: es cuestionar los cimientos del sistema sanitario. Medicalización innecesaria, negación del consentimiento informado, castigo, silenciamiento y miedo como forma de control sobre nuestros cuerpos.


En esta entrevista, Ane Lekanda, criminóloga y psicóloga especializada en violencia machista, pone al descubierto la violencia obstétrica como una violencia institucional y estructural, cruza teoría feminista con experiencia personal y señala a cuchillo por qué el poder médico se resiste a nombrarla..


Quédate, que vale la pena. Y comparte :)



¿Qué es la violencia obstétrica y por qué sigue costando tanto nombrarla como violencia, incluso dentro del propio sistema sanitario?


La violencia obstétrica es una forma de violencia machista que se ejerce por parte de profesionales de la salud y el propio sistema sanitario contra las mujeres y nuestras hijas e hijos durante las distintas etapas del proceso reproductivo: desde la búsqueda del embarazo hasta el posparto. Es violencia machista institucional, y esto es importante, porque nos coloca en una doble vulnerabilidad: por ser pacientes en el sistema médico, y por ser mujeres en el sistema patriarcal. Ya ni te cuento cuando se juntan otros ejes de opresión… Por eso es tan importante analizar la violencia obstétrica desde la perspectiva feminista interseccional, que tiene en cuenta otros factores como la discapacidad, la edad, la clase social, etc. Puede ser tanto física como psicológica e incluso simbólica. Son violencia obstétrica prácticas como la medicalización innecesaria, la negación del consentimiento informado, el trato deshumanizado, la infantilización, intervenciones sin justificación médica -cesáreas innecesarias, episiotomías rutinarias…-, la anulación de la autonomía de las mujeres, entre otros. Un diseño de los espacios sin perspectiva feminista también ejerce violencia obstétrica, por ejemplo, cuando somos obligadas a parir a nuestras hijas e hijos muertos escuchando llantos de bebés nacer y compartiendo espacio con madres con sus bebés en brazos.


Cuesta nombrarla como violencia porque es una violencia históricamente normalizada y disfrazada de cuidado. A las mujeres nos han dicho que tenemos que aguantar por nuestras hijas e hijos, que no sabemos parir sin ayuda médica, que el parto en casa es una locura y que vayamos al hospital… Nos han inculcado muchas creencias falsas y nos han desconectado de nuestro cuerpo y conocimiento ancestral del embarazo, parto y posparto. Nos han despojado de la sabiduría y confianza en nuestros cuerpos para controlarnos a través del miedo y del “saber médico”. A eso se le añade que, en general, como sociedad, no tenemos una comprensión amplia de lo que es la violencia. La violencia es todo ejercicio de poder y control. No tiene por qué ser física y suele costar más identificarla cuando es psicológica, simbólica, sutil. Cuando hablamos de violencia obstétrica, muchas veces se pone el foco en la violencia obstétrica física en el momento del parto, y muchas personas creen que se reduce a eso, pero no. Yo no he sufrido violencia obstétrica física, por ejemplo. Además, explicitar la violencia genera impacto emocional tanto en quien se identifica como víctima como en quien identificamos como agresor/a. Hay mujeres que saben que algo de lo que les hicieron no estuvo bien y lo describen como “me tocó un ginecólogo imbécil” porque suena más suave que “el ginecólogo ejerció violencia obstétrica contra mí” -y por tanto, ¡soy víctima de violencia obstétrica!-.


Tampoco podemos perder de vista que decir que el sistema sanitario ejerce violencia es cuestionar el poder médico, reconocer que no es neutral y admitir que puede dañar, cuando su fin es el de curar. Es una amenaza a la identidad profesional construida sobre la autoridad, el control y el saber médico. Supone poner en entredicho los cimientos de todo el sistema sanitario. Por eso la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) y el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM) siguen negando la existencia de la violencia obstétrica. Por eso no es delito en España. La violencia obstétrica no está tipificada en el Código Penal. Aceptar que existe la violencia obstétrica supondría tener que cambiar el sistema sanitario. Es más cómodo negar su carácter estructural y seguir interpretándolo como una acusación individual por parte de quienes “no sabemos”. Además, el corporativismo médico está muy presente, y su impacto es enorme.


Un diseño de los espacios sin perspectiva feminista también ejerce violencia obstétrica, por ejemplo, cuando somos obligadas a parir a nuestras hijas e hijos muertos escuchando llantos de bebés nacer y compartiendo espacio con madres con sus bebés en brazos.

¿Qué te movió a poner la primera denuncia¿ ¿Qué hervía dentro de ti? ¿Qué sentías y qué pensabas?


La primera vez que sufrí violencia obstétrica fue por parte de una ginecóloga en la consulta en la que, en teoría, iban a comprobar que ya había dejado de haber latido después de, en teoría, haber roto la bolsa dos días atrás. Estaba de once semanas. Le dije que no quería ver la ecografía -básicamente, porque no quería ver a mi hija muerta- y me juzgó por ello, diciendo que “no entendía nada” y a ver por qué le había dicho entonces que quería que pasara mi marido conmigo. Yo, por mi formación, identifiqué al momento lo que estaba ocurriendo, y puse límites a su violencia. Le dije que iba a poner una queja por esa falta de empatía y por juzgarme en un momento tan duro. Al ponerle límites, su violencia fue en aumento. Se reía de mí, me miraba con desprecio y autoridad, no me escuchaba... Al saber que seguía habiendo latido y todo parecía normal, le pedí un análisis de sangre porque tengo Osteogénesis Imperfecta, una enfermedad genética rara que aumenta el riesgo de complicaciones obstétricas, y me la negó en tono de castigo, para después decirme: ¿qué, me vas a poner dos quejas? Yo no paraba de llorar y ella estaba siendo sumamente violenta verbal y corporalmente. Al darse cuenta de que no me iba a callar ni dominar, me dijo que la que había entrado a la defensiva había sido yo, cuando yo entré rota y para nada a la defensiva. Le respondí que no intentara hacerme responsable a mí de su violencia, que era solo suya, y que a pesar de estar en un momento tan vulnerable, era perfectamente capaz de identificar que estaba ejerciendo violencia contra mí.


Salí de la consulta con un ataque de ansiedad, enfadada y con mucho miedo por el embarazo. No entendía nada de lo que había pasado en esa consulta, ni me fiaba de que me hubiera dicho la verdad. Una auxiliar me preguntó si estaba embarazada y le dije que no sabía. No podía procesarlo todo. No me entraba en la cabeza por qué me había tratado así. Pero tuve claro que necesitaba justicia. Que no podía dejarlo pasar. Estaba segura de que no había sido la primera mujer a la que había tratado así ni sería la última -como después comprobé-. Y sentí que tenía que hacer algo para visibilizar lo que nos hacen. Llamé a una abogada y me dijo que la violencia obstétrica no era delito como tal, que no le veía recorrido por la vía penal. Era muy difícil de probar. Más, todavía, siendo violencia psicológica. Ahí me sentí muy desprotegida por el sistema. Puse una queja en el Servicio de Atención al Paciente y Usuario, pero con poca esperanza de que sirviera de algo, como después se demostró. No iba a hacer justicia a nivel legal, pero yo necesitaba hacer justicia social. Por eso decidí subir el vídeo contando lo ocurrido a mis redes sociales, y se viralizó. Tras subir el vídeo, también sufriste violencia obstétrica con un componente de represalia.


Tampoco podemos perder de vista que decir que el sistema sanitario ejerce violencia es cuestionar el poder médico, reconocer que no es neutral y admitir que puede dañar, cuando su fin es el de curar. 

¿Qué ocurrió después de esa denuncia? ¿Te sentiste más segura o más indefensa?


Tras el vídeo que subí y la repercusión que tuvo también en los medios de comunicación, diría que prácticamente todas las ginecólogas y ginecólogos, obstetras, matronas… sabían quién era yo. Y sabían lo que pensaba y dónde me colocaba. Y en base a eso se colocaban ellas y ellos conmigo. No todas ni todos, pero sí demasiados. Fueron excepciones las personas que me trataron desde la profesionalidad y neutralidad que corresponden. Por ejemplo, en una consulta rutinaria -y aclaro que en otro hospital, pues tras la primera vez que sufrí violencia obstétrica me derivaron a la unidad de alto riesgo, que está en otro hospital distinto- a la que acudí con mi marido, él llevaba el móvil personal y el del trabajo, y por no meterlos en el bolsillo al sentarse, los dejó encima de la mesa de la ginecóloga. Pues esta, de malas formas, nos preguntó a ver si estábamos grabando. Era la primera vez que le veíamos, la primera consulta con ella y la primera palabra que nos dirigía. No le estábamos grabando, ¿pero a qué tenía miedo? ¿Qué teme que grabemos que pueda ser utilizado en su contra? Estaba claro que sabía quién era, se notaba en su actitud. Y se notaba de qué lado se posicionaba.


En la semana veintiuno de embarazo se rompió la bolsa y me ingresaron. Ahí tuve que aguantar -por segunda vez- que me dijeran que “tengo que estar tranquila, que nadie mejor que yo sabe lo importante que es eso en el embarazo”, haciendo referencia a que sabían que soy psicóloga. Solo tenían acceso a esa información si habían visto el vídeo y mis redes sociales. Y el tono con el que me lo dijeron no fue muy amigable, precisamente. Con eso ya estaban ejerciendo poder, era un “sé quién eres y lo que has hecho, y me encargo de que lo sepas disfrazándolo con un comentario de aparente preocupación y cuidado”. Yo me hice la tonta, fingí no enterarme de nada.


Obedecí cuando la ginecóloga, mientras yo lloraba muerta de miedo, me gritaba: “¡mírame a los ojos! ¡que me mires a los ojos!”. Obedecí porque deseaba tener que quedarme ingresada en ese hospital muchas semanas, pues sería señal de que el embarazo continuaba. Decidí -porque sí, fue una decisión consciente- obedecer como método para sobrevivir. Me daba miedo qué pudiera ocurrirme en caso contrario. Mi salud y la de mi hija dependían del equipo médico que ya estaba ejerciendo violencia obstétrica contra mí. ¿Qué podía pasar si me enfrentaba? No lo sé, pero me da miedo pensarlo.


Cuando llevaba siete días ingresada empecé con contracciones regulares. Era un viernes por la tarde, ya no estaba la ginecóloga de planta y me atendía cada vez una distinta, de urgencias. Me decían que eran contracciones de Braxton Hicks. Cuando yo lo cuestionaba porque eran regulares, no paraban al moverme y aumentaban en intensidad, me miraban como si estuviera loca y me lo negaban. Cuando solté un coágulo que parecía hígado crudo, me dijeron que era normal. Cuando solté el tapón mucoso, me dijeron que sería flujo. Había dejado de notar a mi hija y me decían que era normal. Insistieron varias veces en que me tomara un diazepam para tranquilizarme. ¿Para tranquilizarme o para anestesiarme y que no les volviera a llamar? Porque eso fue lo que me dijeron, que no volviera a llamar a no ser que me estuviera desangrando o muriendo de dolor. Cuatro días tratándome de loca, minimizando todo lo que sentía, negándome que toda la información que yo tenía fuera verdad, anteponiendo “el saber médico” ante cualquier cosa que yo les dijera o me pasara, infantilizándome, con miradas que lo decían todo. Me dijeron que desconfiaba de todo el mundo.


El lunes parí a mi hija muerta. No estaba loca, estaba de parto. Todo esto deja claro que nos quieren calladas, tienen miedo a que hablemos, porque nuestras voces pueden hacer tambalear al sistema. Cuestionar el poder trae consigo represalias, y cuando eso se traduce en una mala atención en el contexto del embarazo, también es violencia obstétrica. Y yo ya, a estas alturas, no me voy a callar. ¿Cómo se cruzan tu experiencia personal con tu formación como criminóloga y psicóloga especializada en violencias machistas? ¿Conocer qué estaba pasando te protegió mentalmente de alguna manera? Sí, mucho. Yo ya sabía qué era la violencia obstétrica, conozco y vivo en mi trabajo la violencia machista, trato con ella y con quienes la ejercen, y eso sin duda me da una base desde la cual me es muchísimo más fácil identificar en el momento la violencia obstétrica y también ponerle límites a la persona que la ejerce. Mentalmente esto protege mucho, porque he tenido claro en todo momento que yo no hice nada para que ejercieran violencia contra mí, que no fue mi culpa, que respondí en cada momento como pude y creí que debía hacerlo. No hay culpa ni vergüenza, ni dudas de lo que viví. La seguridad que da esto, es muchísimo de cara a afrontarlo. Pero la desconfianza en el sistema sanitario es una de las consecuencias de las que no se habla, y el impacto que tiene es muy grande.


El lunes parí a mi hija muerta. No estaba loca, estaba de parto. Todo esto deja claro que nos quieren calladas, tienen miedo a que hablemos, porque nuestras voces pueden hacer tambalear al sistema.

¿Por qué incomoda tanto de hablar de embarazo, parto y pérdida desde el dolor, la rabia y la denuncia política? ¿Por qué nos cuesta tanto despertar y tomar conciencia de que el sistema machista no está hecho para que las mujeres tengamos calidad de vida, aún menos si están embarazadas o son madres?

Porque nos quieren calladas y obedientes. Que las mujeres cuestionemos, hablemos de nuestros procesos desde nosotras mismas y que denunciemos la violencia, no encaja con lo que se espera de nosotras y desde luego, no interesa al sistema. Además, hay mucho tabú alrededor del embarazo, la maternidad y la pérdida gestacional. Nos hablan de “la dulce espera”, de una maternidad idílica y entregada que nos da la plenitud como mujeres, y se ocultan las pérdidas gestacionales. Muchas mujeres llevan en silencio sus abortos, a veces incluso con vergüenza y culpa. La mayoría nos damos cuenta de todo esto cuando nos pasa, cuando vemos que todo lo que nos han contado no tiene mucho que ver con la realidad que estamos viviendo. Y cuando esa rabia nos hace hablar y contarlo, muchas veces se nos tacha de malas madres y malas mujeres. En definitiva, nos hacen saber que nuestro enfado y lo que pensamos no son bienvenidos y se pone en marcha una maquinaria -en realidad, la misma, el patriarcado- que nos intenta callar a través de la culpa, la vergüenza y el control. Otras veces no nos damos cuenta, lo negamos. Esa negación también cumple una función de protección ante el dolor. Se vive mejor en la ignorancia de no saber o no querer ver que el sistema ejerce violencia obstétrica -y que tiene una mirada androcéntrica que repercute en nuestra salud en general-, que muchos embarazos terminan en abortos, que hay embarazos horribles llenos de dolor y miedo y también mujeres que no quieren ser madres o se arrepienten de haberlo sido. Lo difícil es darse cuenta de todo esto en uno de los momentos más vulnerables para las mujeres: el embarazo, parto y posparto.


Muchas veces habría preferido no darme cuenta de nada, pero tampoco habría sido real, porque el cuerpo sí se da cuenta, aún cuando la mente bloquea.


Nos quieren calladas y obedientes, que las mujeres cuestionemos, hablemos de nuestros procesos desde nosotras mismas y que denunciemos la violencia no encaja con lo que se espera de nosotras y desde luego, no interesa al sistema.

Estás escribiendo un libro en el que recoges teoría y testimonios de mujeres. ¿Qué patrones se repiten en los relatos y qué deja eso en evidencia sobre el sistema?


La mayoría de testimonios que recibo son de violencia obstétrica en el parto. No porque la mayoría de la violencia se dé en el parto, sino porque tiende a ser la violencia obstétrica más explícita y física, y, por tanto, más identificable. A eso se le suma que, en general, cuando se habla de violencia obstétrica se pone el foco en el momento del parto, invisibilizando la que ocurre en el resto de momentos del proceso reproductivo.


Esto me recuerda a lo que ocurría hace no tantos años con la violencia de género: se empezó condenando la violencia física, la más visible, y poco a poco fuimos dándonos cuenta de que no podemos atender solo la punta del iceberg, y que todas las violencias cotidianas, no dejan de ser violencias machistas. También se repite mucho en las mujeres que contactan conmigo que “lo que les pasó a ellas no fue para tanto”. Yo les respondo que todas las violencias son “para tanto”, y que no porque no sean físicas dejan de doler. Es el reflejo de lo normalizada que tenemos la violencia obstétrica. No debemos minimizar las violencias más sutiles. No hay “microviolencias” porque su impacto en nuestra salud es grande, y porque es una vulneración de nuestros derechos.


Por eso, en el libro no aparecerán solo testimonios que la sociedad puede entender como “muy violentos”, sino también aquellos en los que se aprecia la sutileza de muchas de las violencias. Precisamente, las que más nos cuesta identificar, y por tanto, ante las que más vulnerables estamos al no poder protegernos. Muchas veces, detrás de esta frase hay trauma, dolor e incluso culpa. Porque nos podemos sentir incluso culpables de la violencia sufrida -“eso fue porque era primeriza”, “es mi cuerpo que no sabe parir”, “igual por las hormonas estaba más susceptible y lo interpreté mal”…-. Miles de creencias que la sociedad se ha encargado de transmitirnos y que lo que hacen es quitar responsabilidad al sistema y a quien ha ejercido la violencia, porque ya cargamos nosotras con ella.


Por eso, también podemos acabar pensando que no fue para tanto. La violencia siempre es “para tanto”. Y es importante visibilizarla en todas sus formas, desde la más física y salvaje a la más sutil y psicológica. Porque si caemos en nombrar solo la violencia más visible y explícita, todas las demás siguen ocultas.


No debemos minimizar las violencias más sutiles. No hay “microviolencias” porque su impacto en nuestra salud es grande, y porque es una vulneración de nuestros derechos.

¿Qué papel juega el miedo —a no ser atendida, a ser castigada, a perder a tu bebé— en la docilidad que se espera de las mujeres embarazadas?


El miedo es el mecanismo de control más eficaz. Y el control a través del miedo es violencia. Saben perfectamente que tenemos miedo y que, por lo tanto, somos más proclives a obedecer. Y cuando no, nos meten miedo con frases como “si no nos haces caso, tu bebé puede morir”, cuando nos recomiendan prácticas como la inducción o la cesárea sin una indicación médica real, basándose en protocolos sin base científica sólida o en criterios médicos no justificados -por ejemplo, por cuestión de horarios o comodidad-.


Siguiendo a Foucault, esto no es casual. El embarazo es uno de los espacios donde se ve con más claridad el biopoder: la forma en que el poder moderno gestiona la vida regulando la natalidad, la salud y la reproducción. El cuerpo embarazado deja de ser solo un cuerpo individual y pasa a ser un asunto médico, social y político. El control ya no se ejerce principalmente mediante castigos directos, sino a través del saber experto. Lo “seguro”, lo “correcto” o lo “recomendado” se presentan como lo único válido, y cuestionarlo trae represalias.


El embarazo se convierte así en un proceso de vigilancia constante: controles, mediciones, protocolos, comparaciones con la norma. El cuerpo se traduce a datos y el criterio de la mujer pierde legitimidad frente al criterio médico. Pero el elemento más potente es que, muchas veces, este control se ejerce a través del bebé. No se presenta como control sobre la mujer, sino como protección a la o el bebé. Así, obedecer se asocia a ser buena madre y cuestionar se asocia, explícita o implícitamente, a poner en riesgo al bebé. Violencia disfrazada de cuidado. Pero lo más invisible de todo esto, y lo que tiene un impacto más profundo, es que las mujeres acabamos internalizando ese miedo. Y cuando el miedo está dentro, el control es mucho más eficaz.


El sistema ha construido un marco donde el embarazo y el parto están atravesados por el miedo: protocolos presentados como obligatorios, control prenatal estandarizado, medicalización sistemática del embarazo y del parto y vigilancia constante de todo lo que hacen las mujeres embarazadas. Se nos dice qué es lo correcto y qué no, y se nos entrena para obedecer a través del miedo. También mediante la difusión de ideas no ajustadas a la evidencia, como presentar el parto en casa con matronas como inherentemente peligroso en embarazos de bajo riesgo, reforzando la idea de que solo existe una forma segura y válida de parir: el parto medicalizado y controlado.


El embarazo es uno de los espacios donde se ve con más claridad el biopoder: la forma en que el poder moderno gestiona la vida regulando la natalidad, la salud y la reproducción.

Si tuvieras delante a una mujer que sospecha que está viviendo violencia obstétrica pero aún no puede nombrarla, ¿qué le dirías hoy, desde el cuerpo y desde lo político?


Desde el cuerpo le diría que se escuche, que el cuerpo entiende antes que la palabra. Que nada de lo que le han hecho es su culpa y que reaccionó como pudo en ese momento. En contextos de violencia, quedarse callada y quieta también es una respuesta de supervivencia, al igual que defenderse y poner límites. Que no hace falta que lo perciba como algo grave para ser, efectivamente, violencia obstétrica, y que no compare en este sentido lo vivido con otros testimonios o experiencias. Y que si cree que necesita ayuda o acompañamiento, hay profesionales muy buenas. Que también hay muchas y muchos profesionales que trabajan desde el respeto y la humanidad.


Desde lo político, que lo que le han hecho no es un problema individual, sino estructural. Que no está sola, somos muchas. Que si no está segura de lo que ha vivido, eso también es estructural, no es casual. Que a veces, contarlo sana, y otras veces no. Que tiene derechos y nadie puede vulnerarlos. Que el sistema sanitario y judicial no nos protegen como deberían hacerlo, y por eso nos protegemos entre nosotras. Y quiero añadir un último mensaje para las y los profesionales. Porque siempre ponemos la mirada en las víctimas, pero sin agresores no hay víctimas y la prevención debe empezar por ahí. Como mujer que ha sufrido violencia obstétrica, les pido que nos escuchen, que somos muchas y no nos lo estamos inventando. Que sostengan la incomodidad que supone cuestionarse si una o uno mismo ha podido ejercer en algún momento violencia obstétrica. Que también es necesario que cuestionen el sistema médico, pues es el que genera, reproduce y mantiene la violencia obstétrica. Que la violencia es aprendida, y la han aprendido en la universidad y en la práctica clínica. Que el problema, si bien es estructural, eso no les libra de responsabilidad individual. Que la violencia obstétrica no siempre se ejerce desde la mala fé, que también se ejerce por aplicar procedimientos y protocolos sin cuestionarlos, sin individualizarlos. Que sé que las condiciones laborales no ayudan a que seamos tratadas como personas y no números, pero que eso nunca justifica la violencia. Que también son víctimas de violencia obstétrica cuando la presencian e incluso se les obliga a ejercerla. Que son una parte de la ecuación, y pueden ser agentes de cambio, como lo están siendo otras y otros compañeros.


Comparte esta entrevista y acuérdate de ella cuando en tu entorno alguien le quite hierro a este problema estructural grave, o cuando alguna compañera te hable de violencia vivida desde la minimización, la resignación y la creencia de que fue anécdota. La tienes también en formato carrusel en @disi_dencias.


Ane Lekanda sobre violencia obstétrica

 
 
 

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