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Azahara nieto, especialista en TCA: "Abandonar la cultura de la dieta es entender qué es realmente la salud"

  • hace 2 días
  • 11 Min. de lectura

¿Recuerdas el boom de los TCA en los años 90, con la fuerte influencia del heroín chic y de la cultura de la dieta, instaurada en nosotras desde la infancia? ¿Recuerdas que, sin embargo, el foco estaba en nosotras, en que "no éramos lo suficientemente fuertes" como escapar de las presiones sociales? Incluso llegaron a vendernos que los adolescentes varones no desarrollaban TCA porque "pasaban más de su apariencia", como si todo se redujera a un problema individual, como si no hubiera mandatos de género muy concretos que operan sobre nosotras y no sobre ellos. Algunas personas, algo más críticas, volcaban la responsabilidad en la industria de la moda, como si fuera un ente separado del resto de la sociedad y no un reflejo de la exaltación de la debilidad y la delgadez como valores "femeninos".


Los tratamientos de recuperación de TCA han ido evolucionando desde entonces, por fortuna. Hoy en día contamos con nutricionistas altamente especializadas que tienen muy claro los componentes de género que nos llevan a odiar nuestros cuerpos. Azahara Nieto es una de estas profesionales necesarias y hoy tengo el gustazo de entrevistarla.


Quédate y comparte.


Abordando el TCA desde una perspectiva feminista e inherentemente política y, desde tu perspectiva clínica, ¿cómo se cruzan los trastornos de la conducta alimentaria con los mandatos de género que pesan sobre nuestros cuerpos?


El hecho de ser mujer ya constituye un factor de riesgo para desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria. Esto se debe a que los mandatos de género imponen una presión estética que oprime los cuerpos de las mujeres de manera sistemática, una presión que no opera de la misma forma sobre los hombres. Desde la infancia hasta la adultez, el cuerpo femenino se objetiviza: se evalúa, se critica y se espera que cumpla estándares de delgadez y apariencia que son irreales. Esta objetivización constante no solo alimenta la insatisfacción

corporal, sino que se traduce en conductas de control sobre la comida y la imagen corporal, aumentando el riesgo de desarrollar trastornos alimentarios


¿Qué se pierde cuando el TCA se confronta como un problema individual y no se analiza desde una perspectiva estructural y feminista?


Creo que, sin un análisis global y feminista, cualquier intervención sobre los trastornos de la conducta alimentaria corre el riesgo de quedarse en la superficie, sin generar cambios estructurales. Es un problema ligado a una sociedad patriarcal en la que los cuerpos de las mujeres siempre están sobre la mesa, evaluados y juzgados. Por eso es fundamental un enfoque centrado en la salud, no en el cuerpo o el peso, que permita que las mujeres valoremos

sus cuerpos independientemente de la estética impuesta por estas estructuras. Solo así podemos reducir el riesgo y acompañar cambios reales y sostenibles.

Además, desde un enfoque individual, la prevención es casi imposible.


¿De qué manera la cultura de la dieta, el control del cuerpo y la moralización de la comida alimentan los TCA, incluso en personas que “comen sano”?


No se trata solo de lo que se come, sino de cómo se piensa y se juzga la alimentación. La moralización de la comida —lo ‘bueno’ y lo ‘malo’— convierte comer en un acto cargado de culpa y autocontrol, y refuerza la idea de que el valor de las personas, especialmente de las mujeres, depende de nuestra apariencia. Esto alimenta trastornos de la conducta alimentaria al hacer que la comida y el cuerpo se conviertan en territorio de vigilancia constante, en lugar de en un espacio de salud, placer y autonomía.


El hecho de ser mujer ya constituye un factor de riesgo para desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria.

¿Qué papel juegan la violencia estética y la hipersexualización del cuerpo femenino en el desarrollo y perpetuación de los TCA?


Es fundamental entender que muchas mujeres aprendemos a mirarnos a través de la mirada patriarcal: desde niñas, recibimos mensajes sobre cómo debemos ser, idealizando cuerpos delgados, jóvenes y, en muchos casos, blancos. A medida que nuestros cuerpos se alejan de ese ideal, podemos caer en la trampa de pensar que no somos dignas de amor o incluso de existencia. Esta internalización de la presión estética se traduce en control extremo sobre la

comida, insatisfacción corporal y conductas que pueden derivar o mantener un trastorno de la conducta alimentaria. Por eso es clave desaprender esa mirada impuesta, reconocer que nuestro cuerpo cambia a lo largo de la vida adulta y que todos los cuerpos son válidos, merecen cuidado y respeto. Solo

así podemos acompañar procesos de recuperación y fomentar un enfoque en salud integral, en lugar de centrarnos en cumplir estándares externos


Desde la nutrición, ¿cómo se puede trabajar la reconciliación con el cuerpo sin caer en discursos de positividad corporal vacíos o culpabilizadores?


Me parece fundamental trabajar desde un modelo de neutralidad corporal: todo cuerpo merece respeto simplemente por existir. El objetivo no es que te gustes, ni siquiera, sino empezar a practicar una mirada hacia tu cuerpo que no sea crítica, ni juiciosa. Empezar por ver y respetar el cuerpo que habitamos, que es nuestra casa. La relación crítica que tenemos con nuestros cuerpos es aprendida: ninguna niña nace odiando su cuerpo, sino que va interiorizando comentarios de familiares, amigos o entorno cercano, y después la sociedad avala esa mirada. No trabajo desde el positivismo corporal porque, cuando te enseñan a odiar tu cuerpo, que te guste resulta muy difícil, pero sí se puede establecer una relación de respeto que te permita vivir libre, sin esconderte y sin tener que estar controlando constantemente tu cuerpo para sentirte digna de hacer cualquier actividad de tu vida.


En tu libro “La culpa engorda” hablas mucho de la alimentación intuitiva. ¿Puedes explicar este concepto aquí brevemente?


La alimentación intuitiva es un enfoque "antidieta", creado en 1995 por las nutricionistas Evelyn Tribole y Elyse Resch que promueve confiar en las señales internas del cuerpo (hambre y saciedad) en lugar de en reglas externas. Se basa en la conciencia corporal y la salud emocional, permitiendo comer sin culpa y sin prohibiciones.  La alimentación intuitiva es un modelo de nutrición que no solo busca que la alimentación sea adecuada desde el punto de vista nutricional, sino que también lo sea la relación con la comida y con el cuerpo. Trabaja desde un enfoque de salud en todas las tallas (HAES), es decir, no parte de un modelo

pesocentrista. No se centra en intentar modificar el peso corporal, porque el peso no es una conducta que podamos elegir directamente, sino en aquello que sí podemos trabajar: los hábitos. Se enfoca en mejorar las elecciones alimentarias, la relación con la comida, la actividad física desde el disfrute y el respeto corporal, y en reconectar con las señales internas de hambre y saciedad. No pone el foco en el tamaño corporal, sino en la salud entendida de manera integral. El movimiento se plantea como una experiencia de bienestar y no como castigo o compensación, algo que conecta también con esa mirada más amplia y humanista del cuidado.


Me parecen muy interesantes las reflexiones que haces en tu libro acerca de salud y privilegio económico. ¿Crees que la cultura de la dieta invisibiliza problemáticas sociales directamente relacionadas con desigualdades en el acceso a los alimentos o crees que las pone de manifiesto?


Creo que el problema no es solo la cultura de la dieta. Es que, en general, hemos descontextualizado la salud. Nos la han vendido como una responsabilidad puramente individual, cuando en realidad es profundamente política. La salud no depende únicamente de nuestras decisiones personales, sino de las condiciones materiales en las que vivimos. Deberíamos tener estructuras públicas que blindaran el acceso a una alimentación adecuada. Que garantizaran que todos las niñas y niños tengan una alimentación completa. Que permitieran realizar actividad física sin que eso dependa de la renta salarial. Que el derecho a la salud no estuviera condicionado por el código postal más que por los genes. Sin embargo, el discurso dominante sigue insistiendo en la responsabilidad individual mientras las desigualdades estructurales se amplían. En el ámbito de la alimentación esto es especialmente evidente: una alimentación saludable tiene hoy un coste elevado, y la inflación no deja de subir. Hablar de “elegir mejor” sin hablar de renta es ignorar la realidad social. El sistema sanitario público, además, aborda la alimentación muchas veces sin integrar esta dimensión social. Se hacen recomendaciones, pero no siempre se tiene en cuenta si las

personas pueden llevarlas a cabo.


Hemos descontextualizado la salud. Nos la han vendido como una responsabilidad puramente individual, cuando en realidad es profundamente política.

Siguiendo con alimentación y privilegios ¿Notas diferencias en cómo se viven y se detectan los TCA según clase social, edad o contexto migratorio? ¿Qué observaciones has podido hacer al respecto?


Existe la idea bastante extendida de que los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) afectan principalmente a clases sociales altas. Sin embargo, la realidad es que los TCA se dan en todos los estratos sociales, edades y contextos culturales. La diferencia no está tanto en la aparición del trastorno como en su detección y en las posibilidades de tratamiento. En contextos con mayor capacidad económica, es más probable que el problema se identifique

antes y que se pueda acceder a un tratamiento privado especializado. En cambio, en clases sociales con menos recursos, el trastorno puede pasar más desapercibido, cronificarse o no tratarse adecuadamente. El sistema sanitario público, en general, ofrece un abordaje limitado: hay escasez de equipos especializados, falta formación específica en TCA tanto en atención primaria como en algunos dispositivos de salud mental, y tampoco siempre hay nutricionistas especializados integrados en los equipos. Esto genera una brecha clara en el acceso al tratamiento. Además, el contexto migratorio o cultural puede influir en cómo se expresa el malestar, en cómo se interpreta dentro de la familia o en si se pide ayuda o no. En algunos entornos, los síntomas pueden no identificarse como un TCA hasta fases muy avanzadas. Por tanto, más que hablar de diferencias en quién desarrolla un TCA, habría que hablar de

desigualdades en quién puede recibir atención adecuada. Y ahí, nuevamente, la clase social marca una diferencia importante.


¿Qué errores frecuentes ves en los tratamientos de TCA cuando no incorporan una mirada de género o se centran solo en la conducta alimentaria?


Cuando no se incorpora una mirada de género en el abordaje de los trastornos de la conducta alimentaria, el principal error es individualizar un malestar que es estructural. Si solo nos centramos en la conducta alimentaria —en lo que la persona come o deja de comer— corremos el riesgo de patologizar respuestas que, en muchos casos, están profundamente vinculadas a la opresión estética, a la socialización de género y a la gordofobia interiorizada. Sin una perspectiva de género, podemos interpretar el control corporal como una “obsesión individual”, cuando en realidad muchas mujeres han sido educadas en la vigilancia constante del cuerpo, en la complacencia, en la autoexigencia y en la idea de que su valor depende de su apariencia. También podemos minimizar cómo influyen la violencia estética, la presión por la delgadez o el mandato de agradar. Si no entendemos ese contexto, el tratamiento puede quedarse en la superficie: modificar conductas sin cuestionar las creencias que las sostienen. Otro error frecuente es no abordar la culpa corporal, la vergüenza aprendida y la relación entre autoestima y validación externa. Sin perspectiva de género, el tratamiento puede centrarse únicamente en “normalizar la alimentación” sin trabajar el sistema de creencias que hace que el cuerpo sea vivido como un proyecto permanente de mejora. En definitiva, sin mirada de género corremos el riesgo de despolitizar el malestar, culpabilizar a la persona y ofrecer intervenciones incompletas. Incorporarla no significa ideologizar el tratamiento, sino contextualizarlo y hacerlo más profundo y honesto.


En consulta, ¿cómo abordas la relación entre control, culpa y comida, especialmente en las mujeres que tienen más interiorizado el mandato de agradar y autocontrolarnos?


Lo primero es contextualizar. Nos han vendido que el peso es salud, pero en realidad lo que nos han vendido es estética. Nos han hecho creer que, a través del control del cuerpo, de la comida y del ejercicio, podemos alcanzar “el cuerpo que queremos”. Pero ese querer no es genuino: es un deseo inculcado

desde la infancia, moldeado por la mirada externa. Muchas mujeres no han aprendido a cuidarse. Han aprendido a hacer dieta. Han aprendido a reducir, a restringir, a compensar. A saltarse comidas “por si acaso”. A usar el ejercicio como castigo. A vivir en vigilancia constante para no engordar. Por eso, en consulta trabajamos varias líneas: Exposición progresiva a la comida, ampliando variedad alimentaria y flexibilizando normas rígidas. Desmantelar la cultura de la dieta, entendiendo cómo ha moldeado creencias, miedos y culpa. Reconectar con señales internas de hambre, saciedad y placer. Cuestionar el mandato estético que sostiene el control. Porque abandonar la cultura de la dieta no es “descuidarse”: es empezar a entender qué es realmente la salud. Y la salud no puede construirse desde el miedo al peso. Cuando empezamos a trabajar aceptación corporal, aparece una dimensión clave: dejar de vivirnos como objeto y empezar a vivirnos como sujeto. Las mujeres hemos sido socializadas

para ser elegidas, para agradar, para ocupar poco espacio. El cuerpo se convierte entonces en un proyecto decorativo.


Cuando empezamos a trabajar aceptación corporal, aparece una dimensión clave: dejar de vivirnos como objeto y empezar a vivirnos como sujeto.

Me parece súper interesante el capítulo del libro dedicado al lenguaje y la manera en la que nos influye en la relación con los alimentos. Después de leerlo, reflexioné acerca de la idea de incorporar ese tipo de observaciones y enseñanzas en el sistema educativo. En primaria, de hecho, o antes. ¿Cuántas madres les dicen a sus hijas e hijos continuamente “no quiero que comas guarradas”? ¿Cómo influyen esos mensajes desde tan temprana edad?


Es fundamental no nombrar los alimentos como “guarradas” o “gochadas”, porque eso crea una jerarquía de alimentos buenos y malos, y puede generar culpa simplemente por desearlos o comerlos. Lo importante no es solo ofrecerles una alimentación saludable, sino también enseñarles a tener una relación sana con la comida, en la que ésta no sea ni premio ni castigo, no dependa del tamaño corporal ni de la actividad física, y en la que siempre tengan derecho a comer. Del mismo modo, es esencial fomentar una relación saludable con el cuerpo. Para ello, los adultos debemos evitar hablar mal de nuestro propio cuerpo o del suyo, y transmitirles que el

cuerpo es su casa, su manera de vivir, priorizando la funcionalidad y lo que les permite hacer, en lugar de la estética o la apariencia.


Las redes sociales están llenas de mensajes sobre “salud”, “bienestar” y “vida fit”. ¿Qué impacto real tienen estos discursos en personas con TCA o en riesgo de desarrollarlos?


Al presentar todo bajo la bandera de la salud, parece que la delgadez no importa, pero en realidad sigue habiendo un trasfondo de presión estética y delgadez idealizada. Ver rutinas, dietas, estrategias para perder peso o “definir” partes del cuerpo, incluso bizcochos “saludables”, se convierte en un detonante importante. Los algoritmos potencian este efecto, mostrando constantemente cuerpos delgados y disciplinados según la apariencia que proyectan. La consecuencia es un aumento de la insatisfacción corporal, que la exposición

continua a redes sociales solo agudiza. Y a la copia de estas ideas o recetas con la finalidad de alcanzar ese cuerpo “más sano”. Las redes sociales se han convertido en el caldo de cultivo perfecto para la insatisfacción corporal, para una mala relación con la comida y con el cuerpo y con detonante o

mantenedoras de un TCA.


Como tantas niñas nacidas en los 80, desarrollé TCA, con el que viví desde los 11 años hasta los 22. En mi historial clínico, desde entonces, figura TCA en remisión. ¿Es cierto que nunca nos llegamos a librar de ese infierno? No he vuelto a recaer desde los 22, pero esa nota perenne, me genera sensación constante de alerta. Me da miedo recaer, esa es la verdad. ¿Qué consejos puedes darnos a las mujeres que vivimos con TCA en remisión?


Después de más de 15 años trabajando con trastornos de la conducta alimentaria, he visto que la recuperación total es posible. Pero también es cierto que recuperarse en una sociedad obsesionada con la delgadez y es una lucha constante. Por eso es fundamental observarse con honestidad: preguntarse por qué estamos haciendo ciertas cosas. ¿Hago deporte porque realmente lo necesito, o por perder peso? ¿Elijo este alimento porque me apetece, o desde la restricción y la culpa? Ser honestas con nosotras mismas y reconocer las motivaciones detrás de nuestras conductas es clave. En consulta, esto suele ser el punto de partida. Y cuando la persona está en remisión, las intervenciones, ya sea con nutrición o psicología, suelen ser mucho más breves y enfocadas,

porque la base de la recuperación ya está construida.


Si pudieras lanzar un mensaje claro —no edulcorado— a profesionales, familias y entorno cercano, ¿qué deberíamos dejar de hacer ya en relación con los cuerpos, la comida y la salud?


Que dejemos de hablar de la comida en términos de buena y malo, y de darle esa carga moral, y de asociar la salud a la delgadez. Eso requiere de una revisión de nuestra propia gordofobia interiorizada. Dejar de alabar la delgadez y equipararla con la salud y el éxito, y, sobre todo, dejar de hablar de los cuerpos de las personas, porque no sabemos por lo que están pasando. Esto es lo básico, pero a la vez esencial: necesitamos trabajar desde un enfoque no pesocentrista, no solo en salud, sino también en educación, para generar un cambio

estructural.


Azahara nieto, sobre TCA y cultura de la dieta

Comparte esta entrevista, sobre todo con compañeras o amigas que tienen conflictos con su cuerpo y con la comida. Leer y conocer a Azahara les puede ayudar mucho. Tienes también esta entrevista resumida en formato carrusel en @disi_dencias.


¡Y más cosas para ti!

La web de Azahara: secomecomosevive

Link para comprar su libro: La culpa engorda


 
 
 

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