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Lucía Carmona: “La brecha de género en el deporte no es natural, es una violencia estructural”

La brecha de género en el deporte no se explica por el talento, el mérito ni el mercado, sino por una desigualdad histórica, estructural y profundamente androcéntrica. En esta entrevista, Lucía Carmona, experta en igualdad y coeducación, desmenuza los seis ámbitos en los que se hace patente y se perpetúa la exclusión de niñas y mujeres: desde la falta de recursos y la invisibilidad mediática hasta la violencia simbólica, sexual e institucional que pone constantes zancadillas a las adolescentes. Hablamos de abandono, educación física, sexualización, meritocracia, políticas de igualdad y del mito de que “ahora ya es diferente”.


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¿Cuántos ámbitos están involucrados en la “brecha de género en el deporte” y por qué solo se visibilizan unos pocos?


Podríamos definir 6 ámbitos que están involucrados en la desigualdad, falta de equidad, injusticia, barreras... coexistentes en las categorías femeninas del deporte, atendiendo, sobre todo, a una falta de recursos -materiales y económicos- y a una perversa falta de intención: en primer ligar participación y acceso, con diferencias en tasas de práctica deportiva. Tasa de abandono temprano de niñas y adolescentes. Menor acceso a instalaciones, clubes y programas de tecnificación. En segundo lugar, recursos económicos: brecha salarial. Menores -o inexistentes- premios en competiciones. Desigualdad en patrocinios y becas. Continuamos con la visibilidad y representación mediática: Menor cobertura en medios públicos -pagando las mujeres los mismos impuestos que los hombres-. Escasa presencia en retransmisiones y espacios informativos. Tratamiento estereotipado y sexista del deporte femenino. En cuarto lugar, Gobernanza y liderazgo: infrarepresentación de mujeres en cargos directivos y de poder. Escasa presencia en federaciones, comités técnicos y órganos de decisión. Dificultades de acceso a puestos técnicos deportivos. No podemos olvidar las condiciones laborales y profesionalización: inestabilidad contractual. Falta de conciliación entre carrera deportiva, maternidad y vida personal -siguen existiendo contratos en los que hay cláusulas antiembarazo no explícitas, aunque no sean legales-. Menor reconocimiento profesional tras la retirada. Por último e igual de importante que el resto, la dimensión sociocultural y educativa: estereotipos de género y sexismo desde edades tempranas. Socialización diferenciada del valor del cuerpo, del esfuerzo y la competitividad. Sesgos en la Educación Física y en el deporte escolar.


Me encanta cuando los deportistas hombres salen a defender la brecha económica y ninguno tiene el detalle de comentar que llegamos al deporte 100 años después que ellos (se nos tenía prohibido). Teniendo en cuenta ese insignificante dato, tampoco hay tanta diferencia de facturación, ¿no te parece?


La brecha económica en el deporte suele defenderse desde una comparación histórica que ignora que las mujeres accedimos al deporte -lo que entendemos por deporte hoy en día- con casi un siglo de retraso, no por falta de interés o capacidad, sino por prohibiciones legales, sociales e institucionales que nos negaron durante décadas el acceso a clubes, federaciones, competiciones, inversión y visibilidad; por ello, comparar hoy la facturación del deporte masculino y femenino como si ambos hubieran partido de las mismas condiciones es metodológicamente incorrecto, ya que los ingresos deportivos no dependen solo del talento, sino de una acumulación histórica de inversión, infraestructuras, relatos mediáticos, audiencias heredadas y redes de patrocinio construidas a lo largo de generaciones, de modo que, teniendo en cuenta este desfase temporal y estructural, las mujeres no sólo no facturamos “poco”, sino que presentamos un crecimiento y un retorno proporcional por euro invertido comparable -e incluso superior en algunos contextos- al masculino, lo que evidencia que la brecha económica no es un reflejo natural del mercado, sino el resultado de una desigualdad histórica que sigue proyectándose en el presente. Además, el androcentrismo deportivo ha construido históricamente el deporte tomando al varón como medida universal, de modo que las reglas, los calendarios, los formatos de competición, los criterios de rendimiento, los modelos de entrenamiento, la valoración del espectáculo e incluso la noción misma de excelencia deportiva han sido definidos por y para cuerpos, trayectorias y experiencias masculinas; en este marco, las mujeres no sólo hemos sido incorporadas tarde, sino que además nos vemos obligadas a legitimar la práctica alcanzando estándares que no fueron pensados para nosotras, lo que genera una exigencia perversa de asimilación en la que el deporte femenino solo es reconocido cuando se aproxima al modelo masculino, invisibilizando ritmos, condiciones y necesidades específicas, y convirtiendo la igualdad en una falsa neutralidad que no corrige la desigualdad de partida, sino que la reproduce al exigirnos a las mujeres demostrar nuestro valor dentro de un sistema que nunca fue diseñado para incluirnos en condiciones de equidad, es decir, de justicia.


Comparar hoy la facturación del deporte masculino y femenino como si ambos hubieran partido de las mismas condiciones es metodológicamente incorrecto, ya que los ingresos deportivos no dependen solo del talento, sino de una acumulación histórica de inversión, infraestructuras, relatos mediáticos, audiencias heredadas y redes de patrocinio construidas a lo largo de generaciones.

Estoy harta de escuchar que con las niñas “ahora” es diferente, que ya no les enseña que el deporte “no es para ellas”. Cómo experta en contacto directo con el sistema educativo, ¿qué ves y qué opinas?


Desde una posición de análisis feminista como coeducadora y de contacto directo con el sistema educativo, la afirmación de que “ahora ya es diferente” resulta, como mínimo, simplificadora y autocomplaciente. Es cierto que el discurso explícito ha cambiado -ya no se dice abiertamente que el deporte “no es para las niñas”-, pero el currículum oculto, las prácticas cotidianas y la cultura escolar siguen transmitiendo el machismo y la misoginia de forma indirecta, constante y muy eficaz. En la práctica, lo que se observa es que las niñas siguen recibiendo una socialización diferenciadas: se les permite participar, pero no ocupar el centro; se valora más su actitud que su rendimiento; se normaliza que abandonen antes, que eviten el contacto, que no destaquen “demasiado” o que cedan espacio a los niños en juegos y deportes tradicionalmente masculinizados. En Educación Física, los referentes, los ejemplos, los deportes prioritarios, el tiempo real de participación, el uso del espacio y la tolerancia al error continúan favoreciendo modelos masculinos de competitividad y ocupación corporal, mientras que cuando las niñas se adaptan a esos modelos se las considera “excepcionales” y cuando no lo hacen se interpreta como falta de interés natural. Lo natural, para sorpresa de nadie, es sexista, lo que nos convierte a las docentes, en un agente de cambio sólo eficaz cuando realizamos un proceso intencional. Por tanto, no es que ya no se les diga que el deporte no es para ellas, es que se les sigue enseñando que no es su territorio, que están invitadas pero no legitimadas, que deben demostrar constantemente su valía y hacerlo, además, sin incomodar. El sistema educativo ha avanzado en el plano normativo y discursivo, pero no ha transformado suficientemente las prácticas, y mientras eso no ocurra, el abandono deportivo femenino seguirá explicándose falsamente como una elección individual (me sigo peleando constantemente para explicar el mito de la libre elección...) cuando, en realidad, es el resultado coherente de un proceso de socialización profundamente desigual -e insisto, machista y misógino-.


Es cierto que el discurso explícito ha cambiado -ya no se dice abiertamente que el deporte “no es para las niñas”-, pero el currículum oculto, las prácticas cotidianas y la cultura escolar siguen transmitiendo el machismo y la misoginia de forma indirecta, constante y muy eficaz.

Varias teóricas feministas hacen hincapié en el abandono masivo del deporte por parte de las adolescentes, como consecuencia de las construcciones de género. Ellos continúan practicando y ellas abandonan en la adolescencia. ¿Cuál es tu reflexión al respecto?


Desde una perspectiva feminista, el abandono deportivo femenino en la adolescencia no puede interpretarse como una suma de decisiones individuales -de nuevo el mito de la libre elección-, sino como un fenómeno estructural y sistemático. La evidencia acumulada y el análisis teórico coinciden en que la adolescencia actúa como un punto de inflexión crítico: mientras ellos consolidan su identidad deportiva, ellas comienzan a retirarse de forma masiva, no porque pierdan interés por el movimiento o la actividad física, sino porque el deporte deja de ser un espacio simbólicamente habitable para ellas. Durante la adolescencia, el abandono deportivo femenino no puede entenderse sin reconocer el incremento de violencias de género explícitas que sufren las chicas en los espacios deportivos, especialmente en el deporte escolar y federado. Las adolescentes no se retiran porque el deporte deje de interesarles, sino porque su participación comienza a estar sistemáticamente penalizada: se las juzga con mayor severidad que a sus compañeros, se enfatizan sus errores, se ridiculizan sus fallos y se construye un clima en el que cualquier equivocación refuerza la idea de que “no valen para esto”. A esta violencia evaluativa se suma la violencia verbal y simbólica, manifestada en insultos, burlas, descalificaciones y expresiones claramente sexistas :“vete a la cocina”, “ponte a fregar”, “las tías no sabéis jugar”... que funcionan como mecanismos de expulsión y control del espacio deportivo. Estas prácticas operan como un sistema de disciplina y castigo: no se les reconoce el derecho pleno a ocupar el espacio, a fallar, a aprender o a jugar en igualdad de condiciones. Aunque nadie “les deja” o “les prohíbe” explícitamente jugar, el entorno construye una experiencia tan hostil que la permanencia exige asumir un coste emocional desproporcionado. El 49 % de las chicas abandona el deporte durante la adolescencia, una tasa aproximadamente seis veces mayor que la de los chicos.


La evidencia acumulada y el análisis teórico coinciden en que la adolescencia actúa como un punto de inflexión crítico: mientras ellos consolidan su identidad deportiva, ellas comienzan a retirarse de forma masiva, no porque pierdan interés por el movimiento o la actividad física, sino porque el deporte deja de ser un espacio simbólicamente habitable para ellas.

Hablas mucho de la importancia de las enseñanzas deportivas a lo largo de la vida de las personas y en todos los ámbitos, desde jardín de infancia hasta Máster ¿Sintetizando un poco, qué ventajas fundamentales aporta?


De forma muy sintética: no tenemos un cuerpo, somos un cuerpo, y educar a lo largo de la vida con enfoque coeducativo es educar en humanidad, en justicia social. Las enseñanzas deportivas y la Educación Física aportan una alfabetización corporal básica: aprender a sentir, reconocer y nombrar lo que ocurre en el cuerpo, algo esencial para identificar límites, malestares y violencias que muchas veces se perciben antes como sensaciones que como palabras. El movimiento enseña libertad. Por eso la EF es una asignatura clave -y prácticamente única- para trabajar la relación entre cuerpo, poder real -no ese falso empoderamiento a través de la sexualización- y autonomía de forma directa, concreta y no deshumanizada: no se trata de “discursos sobre el cuerpo”, sino de ganar conciencia y dignidad, construyendo niñas., adolescentes y mujeres capaces de defenderse y existir plenamente en el mundo.


Estoy segura de que la mayoría de deportes que conocemos son practicados y entendidos desde la óptica masculina. ¿Confirmas?


Confirmo, el androcentrismo deportivo es innegable. Por eso abogo por un deporte feminizado. Es un constructo pensado por y para ellos en el que las mujeres actuábamos como meros adornos del ganador y desahogo del perdedor.


¿Cuánto pesa la sexualización del cuerpo de las deportistas en su carrera?


Muchísimo. Aunque creo que estas preguntas deberían contestarlas ellas. Creo que escucharlas a ellas es esencial para entender las consecuencias presentes y futuras que tiene el maltrato constante que sufren durante su carrera deportiva y retirada. La película Hijas de Cynisca esto lo hace muy bien porque su directora, Beatriz Carretero, es feminista y su película también lo es.


¿Cómo se construye la invisibilidad mediática de las ligas femeninas? ¿Quién decide qué se retransmite, qué se narra y qué se considera “importante”?


La invisibilidad mediática de las ligas femeninas se construye desde un punto de vista androcentrista porque el deporte masculino se toma como norma y medida de lo “importante”, lo “rentable” y lo “interesante”. Deciden hombres, en estructuras históricamente masculinizadas -direcciones de medios, editoriales deportivas, federaciones, empresas audiovisuales y patrocinadores- que priorizan aquello que refuerza el modelo de deporte que conocen, consumen y legitiman: el masculino. Así, no se retransmite “lo que interesa”, sino lo que ya ha sido definido como relevante desde una lógica de poder previa y luego se utiliza la falta de visibilidad creada artificialmente como justificación para seguir excluyendo a las mujeres, cerrando un círculo vicioso de invisibilización que se presenta falsamente como neutral o basado en la demanda del público.


¿Por qué hay tan pocas mujeres entrenadoras, árbitras o directivas? ¿Cuál es el “techo” real en el deporte: acceso o permanencia?


Hay tan pocas mujeres entrenadoras, árbitras o directivas porque el deporte presenta un techo tanto en el acceso como en la permanencia, estrechamente vinculado a la falta de referentes femeninos en posiciones de poder. La ausencia de modelos visibles limita las aspiraciones iniciales, pero el principal filtro aparece después: las mujeres que logran acceder se encuentran con trayectorias incompatibles con la realidad de los cuidados, la inestabilidad laboral y las exigencias de disponibilidad total sobre las que se ha construido el deporte, lo que dificulta sostener carreras largas y reconocidas. Así, no solo entran menos, sino que abandonan antes, en un sistema diseñado para varones y que convierte la excepción femenina en norma.


Hablemos de violencia: ¿qué formas de discriminación y violencia sufren las deportistas?


Sufren violencia simbólica: invisibilización mediática y menor reconocimiento social. Tratamiento infantilizante, sexualizado o trivializador. Cuestionamiento constante de su legitimidad deportiva. Construcción del deporte masculino como norma y referencia. También violencia verbal: insultos, burlas y descalificaciones sexistas. Críticas más severas ante el error. Comentarios sobre el cuerpo, la feminidad o la orientación sexual. Normalización del lenguaje machista en entrenamientos y competiciones. En tercer lugar, violencia social: exclusión de espacios de juego, decisión o liderazgo. Menor acceso real a roles centrales o responsabilidades. Hostilidad en entornos mixtos, especialmente en la adolescencia. Aislamiento de quienes destacan o no se ajustan al estereotipo femenino. Violencia estructural: peores condiciones laborales y contractuales. Menor inversión en instalaciones, materiales y recursos. Incompatibilidad entre carrera deportiva y cuidados. Falta de protocolos eficaces frente a la discriminación y la violencia sexual. Es crucial destacar también la violencia institucional: ausencia de mujeres en puestos de poder y toma de decisiones. Tolerancia o minimización de comportamientos machistas. Falta de sanciones reales ante conductas opresivas. Políticas de igualdad formales sin aplicación práctica. Tenemos también que visibilizar la violencia sexual: sexualización temprana del cuerpo de las deportistas. Control sobre la apariencia, la vestimenta y el peso. Violencia sexual y acoso en contextos deportivos jerárquicos. Silencio institucional y miedo a denunciar. También se enfrentan a la exigencia de demostrar continuamente la valía deportiva. Lectura del abandono como falta de interés o capacidad. Consideración del éxito femenino como excepcional, no estructural. Negación de los beneficios derivados de la actividad física y el deporte.


¿Qué papel tienen las políticas de igualdad en el deporte? ¿Qué medidas funcionan de verdad y cuáles son “postureo institucional”?


Las políticas de igualdad en el deporte solo tienen sentido si son reales y efectivas, no meramente formales. Funcionan aquellas que cambian las condiciones materiales (recursos, tiempos, poder y derechos) y que son evaluables, obligatorias y con consecuencias. Mientras que las políticas simbólicas o sin dotación económica se quedan en igualdad en el papel. Aquellas que no alteran la organización del deporte ni garantizan derechos no son políticas de igualdad, sino gestos institucionales que legitiman la desigualdad existente.


Aquellas que no alteran la organización del deporte ni garantizan derechos no son políticas de igualdad, sino gestos institucionales que legitiman la desigualdad existente.

¿Cuál es tu opinión acerca de la inclusión en ligas femeninas de hombres autoidentificados como mujeres? ¿Atraso o progreso?


Desde una perspectiva feminista, la inclusión de hombres autoidentificados como mujeres en competiciones femeninas no puede considerarse un progreso, sino un retroceso en términos de igualdad real. Las categorías femeninas en el deporte no están para reconocer identidades, existen porque hay diferencias basadas en el sexo, es decir, diferencias corporales objetivas derivadas de la biología -incluso de la socialización-. La introducción de varones en categorías femeninas no puede garantizar una competición justa, seguridad y oportunidades a mujeres de forma equitativa, es decir, justa. No es progreso ampliar derechos de unos a costa de los de otras; eso no es inclusión, es violencia. El verdadero avance pasa por proteger a la mujer en el deporte como categoría basada en el sexo y, a la vez, pensar soluciones específicas y justas para todas las personas, sin borrar ni sacrificar nuestros derechos.


Desde una perspectiva feminista, la inclusión de hombres autoidentificados como mujeres en competiciones femeninas no puede considerarse un progreso, sino un retroceso en términos de igualdad real. Las categorías femeninas en el deporte no están para reconocer identidades, existen porque hay diferencias basadas en el sexo, es decir, diferencias corporales objetivas derivadas de la biología -incluso de la socialización-.

Cuando se dice que “en el deporte manda el mérito”, ¿qué parte es cierta y qué parte es mito?


Es cierto que el rendimiento importa, pero es un mito que el deporte funcione solo por mérito individual cuando el acceso a recursos, tiempo, visibilidad, apoyos, redes y continuidad no es igual para todas las personas. El mérito se evalúa después de que el sistema haya seleccionado quién puede entrenar más, fallar más, mostrarse más y permanecer más tiempo; por eso, presentar el deporte como un espacio puramente meritocrático oculta las desigualdades estructurales previas y convierte privilegios acumulados en supuesta superioridad individual.


El mérito se evalúa después de que el sistema haya seleccionado quién puede entrenar más, fallar más, mostrarse más y permanecer más tiempo; por eso, presentar el deporte como un espacio puramente meritocrático oculta las desigualdades estructurales previas y convierte privilegios acumulados en supuesta superioridad individual.

Si tuvieras que señalar un enemigo principal de la igualdad en el deporte, ¿cuál sería?


El androcentrismo deportivo. Nos intentan encajar constantemente en un molde en el que no estábamos en su creación ni en el que hoy en día se nos espera. De nuevo, es perverso.


Si pudieras establecer 3 cambios estructurales para reducir la brecha en 5 años, ¿cuáles serían?


Coeducación y alfabetización corporal en todas las etapas educativas, incorporando el conocimiento del ciclo vital y hormonal, para que niñas y mujeres puedan practicar deporte sin sentirse inadecuadas ni forzadas a adaptarse a un modelo masculino, favoreciendo la permanencia y la autonomía corporal. Prevención y detección real de violencias en el deporte, especialmente sexuales, mediante formación obligatoria, protocolos efectivos y entornos seguros, porque la violencia expulsa de forma sistemática a niñas y mujeres y hace imposible cualquier igualdad real. Redistribución de recursos, visibilidad, referentes y poder de decisión, garantizando condiciones materiales, presencia mediática y mujeres en los espacios donde se decide, ya que sin referentes y sin poder no hay acceso ni permanencia.


Comparte esta entrevista y guárdala para contestar las falacias repetidas que surgen en debates sobre mujer y deporte. La tienes también en formato carrusel, en @disi_dencias.


Brecha de género en el deporte
Lucía Carmona en los Premis d'Igualtat 2022

 
 
 

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